20 de enero de 2009

Mis salmos del Rey David I

EL USO DEL TEMPORIZADOR

Los acontecimientos que me llevaron a estar en una panadería de Jerusalén frente a un hombre armado, habían comenzado algunos meses antes. Para aclararlo, comenzaré por el principio.

Yo tenía quince años y vivía con mi madre y con mi abuela en un barrio acomodado de Madrid. Durante toda la semana esperaba la llegada del viernes. No para salir con mis amigos, sino para celebrar el Shabat.

En realidad mi madre y mi abuela eran mis únicas amigas, y un viernes por la noche era más o menos así: nos sentábamos en torno a la mesa que yo había preparado, mi abuela dejaba su dentadura postiza dentro de algún vaso, cerraba los ojos, y yo comenzaba un discurso sobre la Torá. No me imaginéis poniéndome de pie y haciendo aspavientos con los brazos, sino todo lo contrario. Mi madre era la única que me escuchaba, porque mi abuela dormía, y su dentadura, en el vaso, soñaba con los platos judíos que yo había cocinado para la ocasión. De vez en cuando mi abuela se despertaba e intentaba coger una aceituna. Yo me enfadaba, porque hasta finalizar el discurso y bendecir la mesa no se podía comer, y ella se volvía a quedar dormida.

Un viernes, empecé mi discurso:

“Como ya sabes, los judíos en Shabat no podemos trabajar”.- Me dirigía solamente a mi madre-. “Desde que sale la tercera estrella del viernes por la noche, hasta que sale la tercera estrella del sábado, los judíos tenemos que descansar. ¿Por qué tenemos que descansar en Shabat? Porque tenemos que imitar a Dios, y Dios, el séptimo día, descansó”.

“Pero como sabes, el Shabat no consiste solamente en descansar. En Shabat los judíos no podemos hacer nada que de alguna forma transforme la materia, porque Dios el séptimo día dejó de hacer el mundo. Por eso en Shabat no se puede hacer un fuego ni encender una luz. No se puede cocinar ni calentar la comida. No se puede viajar en autobús, porque si nos subimos a un autobús, el autobús gasta más gasolina. – De vez en cuando miraba mis apuntes para comprobar que no faltaba nada.- No se puede plantar una semilla, no se puede escribir un relato, y no se pueden unir dos hilos. No se pueden separar dos hilos y no se puede hacer un castillo de arena. Porque en seis días hizo Dios los cielos y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, y el séptimo día descansó. Por eso Dios bendijo el día del sábado y lo santificó”.

Mientras yo hacía mi discurso, mi madre me miraba con una mezcla de amor y de culpa. Al fin y al cabo, fue ella quien me llevó por primera vez a la Sinagoga de Madrid, a los doce años, para que hiciera el Bar Mitzvá. Pero cuando a los trece años cumplí con ese ritual, yo ya me había enamorado de las canciones de la liturgia y seguí visitando la Sinagoga por mi cuenta. Y cuando cumplí quince años, mi madre y yo empezamos a frecuentar las clases de cábala que impartía el rabino, y en ese momento mi interés por el judaísmo llegó a un punto que ella no podría haber imaginado. Pero no le importaba. Siempre me dejó hacer lo que yo quisiera.

“El Shabat está hecho exclusivamente para el enriquecimiento espiritual. Y una de las cosas que podemos hacer este día es disfrutar de la comida”. – Mi madre aprovechaba esta afirmación para coger una aceituna. Mi abuela se despertaba y cogía otra. Yo me enfadaba con las dos y continuaba solitariamente. – “Y si no podemos encender un fuego, ¿cómo hacemos los judíos para calentar la comida en Shabat? Como sabes, los judíos usamos el temporizador electrónico”.

El temporizador electrónico era un gran invento que había descubierto en la Sinagoga. Se dejaba programado antes de que saliera la tercera estrella del viernes, y todo lo que estuviera conectado a él se encendía a la hora prevista. De esta manera, la cocina eléctrica se encendía el viernes por la noche y calentaba la cena, y se volvía a encender el sábado a mediodía para calentar la comida.

“¿Usar el temporizador electrónico es engañar a Dios? Algunos piensan que no, porque la acción de programar el temporizador es anterior al comienzo del Shabat. Pero otros piensan que sí, porque al fin y al cabo se calienta la comida, y por tanto hacemos que en Shabat se transforme la materia”. – Mi madre miraba los canapés de queso de untar – “¡Y esa transformación de la materia no se habría producido si no hubiéramos dejado el temporizador electrónico programado el día anterior!”.

Lo cierto es que esa práctica estaba muy extendida entre los judíos. Yo necesitaba saber si era aceptable. Me documenté, y descubrí que no se trataba de un asunto menor. Todo lo contrario. Hubo grandes reuniones de rabinos y estudiosos de la Torá que discutieron enérgicamente para encontrar una solución. Unos opinaban que no se podía usar el temporizador. Otros creían que en la Edad Media, cuando se matizaron todos los preceptos de la Torá, no existía ese invento prodigioso, y que de haber existido, aquellos grandes rabinos lo habrían aceptado y habrían comido los guisos calientes. Mi discurso continuaba:

“Estas discusiones se prolongaron durante años, hasta que finalmente se acordó, sin unanimidad, que se debía permitir el uso del temporizador al pueblo de Israel. Si el primer sábado de la Historia hubo día y noche, fue porque Dios dejó programado el mundo para que siguiese funcionando mientras él descansaba. Si ese día el Sol calentó la Tierra, y ese día la Tierra siguió girando, entonces los judíos podemos calentar nuestros guisos y podemos encender nuestras luces, siempre y cuando, al igual que Dios, dejemos todo eso programado.”

Me fascinaba el judaísmo porque tenía respuestas para todo.

“¡Por tanto usar el temporizador no es engañar a Dios, sino imitarle!” – Cuando mi discurso llegaba a alguna conclusión y estaba a punto de terminar, casualmente mi abuela se despertaba y se ponía la dentadura. Lo que me hace pensar que no dormía. – “¡Dios dejó el mundo programado, y del mismo modo, nosotros podemos dejar nuestro mundo programado con el temporizador electrónico!”

Aquella noche, los tres cantamos canciones tradicionales de Shabat. Se encendió el temporizador, el guiso se calentó -un guiso más legítimo que nunca-, comimos abundantemente, y nos fuimos a la cama.

Y en la cama pensé que había hecho una excelente acogida del Shabat. Pero no estaba del todo contento. Porque esa noche, profundizando en la metáfora de la imitación de Dios, tuve claro que el séptimo día, el sábado santo, Dios no fantaseó con Carlos. Y si Dios pensó en Carlos, no pensó en lo mismo que yo. Siempre llegaba Carlos -o algún sustituto suyo- a estropearme el Shabat.

Y así fue como a los quince años, decidí que ya era hora de contárselo a mi rabino.



LOS SALMOS DEL REY DAVID

Moshé era un hombre muy joven, pero por algún motivo había sido elegido para cargar con los espíritus de toda la congregación. Quizás porque su fisionomía era armoniosa y desprendía un halo de santidad.

Lo primero que hice el sábado cuando me desperté, fue transgredir el Shabat. Escribí en un papel una confesión para mostrársela a Moshé.

Fui andando hacia la Sinagoga. A mitad de camino preferí volverme a casa, porque al final de mi confesión había escrito Rompe este papel después de haberlo leído, y Moshé, en Shabat, no iba a romper ningún papel. El domingo por la mañana, con la ventaja de poder transportarme en metro, volví a la Sinagoga. Me presenté en el despacho de Moshé y le di en mano mi confesión. Después de leer mi papel, lo destrozó en varios pedacitos y los tiró a la papelera, tal como allí estaba escrito. Yo necesitaba una respuesta y él no tardó en responder:

- ¡Bueno, no es el fin del mundo!

¡Qué magnífico era Moshé! ¡Sabía que se lo tenía que contar a él! Moshé era, de verdad, un hombre bueno.

- ¿No es el fin del mundo?- pregunté, y él, abriendo más los ojos, se puso a buscar un libro en su biblioteca.
- Un momento… - respondió.

Cuando encontró el libro, lo examinó en silencio y comenzó a escribir números en un papel. Pasaba las páginas del libro hacia adelante y escribía números, y pasaba las páginas hacia atrás y escribía números. Yo esperaba una lección de lo que el judaísmo opinaba sobre la homosexualidad, y de momento sólo encontré números. Me impacientaba no tener una respuesta. Pero estaba claro que Moshé sabía lo que hacía, y eso de algún modo me tranquilizaba.

Después de escribir números durante cuatro minutos, dejó el libro en su lugar.

- ¿Qué libro es ese? – pregunté.
- Es el Libro de los Salmos del Rey David. Te voy a conseguir uno. – Se lo apuntó en la agenda. - En ese libro están las oraciones que se elevaron a Dios durante la época del Segundo Templo de Jerusalén.

Me acercó el papel con los números.

- Los salmos están numerados, y estos son los que tienes que leer tú.

Esto sí que no me lo esperaba. ¡Una lista de salmos especialmente diseñada para mí!

- ¿Eso es todo lo que tengo que hacer?
- No tienes que hacer nada más… Si quieres, puedes ir a Israel y leerlos allí… Sé que en Israel tienes una hermana…
- Ir a Israel – repetí.
- En Israel los judíos tenemos una especie de altavoz dirigido directamente hacia los oídos de Dios. Si rezas en Israel, a Dios le llega tu oración amplificada.

Moshé era muy didáctico. Siempre usaba analogías fáciles de entender. Un altavoz. Una oración amplificada. Dicho esto, me bendijo y se puso a rezar. Creo que no le preocupaba demasiado lo que le conté. Supongo que percibió que yo le daba mucha importancia, y sólo intentó darme una panacea espiritual.

Ahora yo tenía una lista de salmos. Todo aquello era muy místico y me pareció perfecto. Mi madre, que siempre apoyó todas mis iniciativas, me dio el dinero necesario para viajar, y cuando terminaron las clases en el instituto, volé a Israel y me presenté en casa de mi hermana. Pero nadie sabía lo que hacía allí. Moshé era el único que conocía mi secreto.

Mi hermana vivía en un pueblo llamado Nahalal, entre Tivon y Nazaret, cerca de Haifa, al norte de Israel. Allí leí los salmos una y otra vez. Pasaron varias semanas y entre salmo y salmo aparecía Carlos, o algún sustituto suyo. Empezó a preocuparme el funcionamiento del amplificador dirigido a los oídos de Dios. Porque si en Israel se amplificaban mis oraciones, quizás también se amplificaban mis fantasías. Carlos era muy guapo y tenía una anatomía prodigiosa, pero quizás esos detalles no gustaban en aquel cielo sagrado. Y yo pensaba, ¿puedo bajar el volumen cuando piense en Carlos? ¿Puedo elevarlo cuando lea los salmos? Aquello no estaba funcionando. Llamé por teléfono a Moshé:

- Sigo pensando en Carlos.
-Bueno hombre, no pasa nada. De todas formas, tengo un amigo en una Yeshivá. Podrías ir allí.
- ¿Qué es una Yeshivá?
- El lugar donde se hace el rabinato. Está en Jerusalén. Es la única Yeshivá donde se dan las clases en español. Puedes decir que vas de mi parte. Tendrías alojamiento y comida gratis. Y un conocimiento más profundo de la Torá…

No quería convertirme en rabino, pero si los Salmos del Rey David eran las oraciones que se elevaron en Jerusalén en el periodo del Segundo Templo, lo mejor sería leer aquellas oraciones allí mismo, en las ruinas del Segundo Templo, donde se leyeron hace dos mil años, frente a las únicas piedras que quedaron en pie después de que los romanos pasaran por allí: tenía que leer mis salmos en el Muro de los Lamentos.

Me fui a Jerusalén.



EL CIELO DE JERUSALÉN

En el cielo de Jerusalén había unos destellos muy característicos. Según dicen, se producen por el reflejo de las piedras con las que está construida toda la ciudad. Los hombres iban con trajes negros sobre un fondo de piedra. Como en un cuadro de Chagall, de vez en cuando se veía a alguno de esos hombres volando por encima de las casas. A veces eran familias enteras las que volaban, con filas de hijos colocados por orden de altura. Si venían del mercado y se les caía el pan o el sombrero, uno daba un salto que llegaba apenas a alcanzar su altura y ellos descendían para cogerlos.

Era habitual que por encima de uno pasaran dos o tres estudiantes discutiendo distintas interpretaciones de la Torá. Si se les caía un pensamiento malo, como el pensamiento de la duda, uno les hacía el favor de disimular y dejarlo en el suelo. Yo también intenté llegar a los característicos destellos del cielo, pero mis saltos ni siquiera llegaban a los tejados de las casas. Pasé la mayor parte del tiempo en el suelo. Cuando debajo de los arcos de las calles se encontraban dos amigos, bendecían el hecho de haberse encontrado. Había una bendición si había pasado un año desde la última vez que se vieron, y había una bendición diferente si habían pasado cinco años.

De los árboles no caían hojas sino letras del alfabeto hebreo. Caían el Alef, el Beth, el Guimel... Pero después me fijaba mejor y me daba cuenta que las hojas de los árboles no eran letras en hebreo sino hojas de los árboles. Y miraba una casa y no estaba hecha de piedras sino de letras en hebreo, pero después miraba la misma casa y estaba hecha de piedras. Todo a veces estaba hecho de letras. Solían caer de los libros que los rabinos transportaban por el aire. No eran exactamente letras. Eran notas musicales y eran números. En Jerusalén todo estaba vivo, y al llegar allí la sangre de uno se convertía en letras.

El Muro de los Lamentos era una pared desnuda donde se concentraba toda la energía. Los hombres rezaban frente a la piedra por la salvación del mundo. A pocos metros de la pared había mesas donde se discutían todos los asuntos del espíritu. Cientos de veces se ha discutido allí sobre el uso del temporizador en Shabat. En cada línea de la Torá había muchas interpretaciones. Era normal que en una sola palabra estuviera escrito todo lo que había pasado y todo lo que habría que pasar en la Tierra, y la gente se apresuraba a leer un detalle de la Historia antes de que desapareciera y apareciera otro.

Los viernes por la noche el Muro de los Lamentos ya no pertenecía a este mundo. Había más hombres rezando y se rezaba más fuerte. A la izquierda del Muro había un pasadizo que daba a una nave. Allí estaba la atmósfera más inexplicable. El aire de allí era diferente, y la luz también era diferente. Los askenazíes bendecían a los extranjeros, poniendo una mano sobre su cabeza y diciendo una oración. Ofrecían rapé cuando terminaba la liturgia. Hacía el frío que debieron pasar los judíos de la destrucción del Templo. Lo digo porque era un frío diferente al que yo conocía. Y las oraciones sonaban como debieron sonar en aquel tiempo, porque era un sonido diferente.

Cuando llegué a Jerusalén, leí en el Muro de los Lamentos mis Salmos del Rey David. Después, fui a conocer la Yeshivá.



AARÓN

La Yeshivá estaba a pocas calles del Muro. Era una pequeña puerta en una esquina, que daba a un salón con algunas mesas y un cuarto de baño al fondo. Sólo me acuerdo de un alumno: Aarón.

Los alumnos eran españoles o latinoamericanos. Aarón era un judío venezolano de catorce años con unos ojos increíbles.

No recuerdo cómo empezó todo aquello. Era el principio de curso y lógicamente empezamos por Bereshit, el principio de la Torá. Será difícil que se me olvide la primera frase, Bereshit bará Elohim et hashamáim veet haaretz. Estábamos en el centro de la Vieja Jerusalén. Éramos seis alumnos y el rabino en torno a una pequeña mesa circular. Al comienzo creó Dios los cielos y la Tierra. Yo solo me acuerdo de un alumno: Aarón.

El rabino nos explicó que la unión de las últimas letras de las tres primeras palabras de la primera frase de la Torá, formaba la palabra Emet, que en hebreo significa Verdad. Bereshit bará Elohim. Y fue entonces cuando Aarón y yo, uno enfrente del otro, nos tocamos con la mirada. Yo pensaba en la palabra Emet, y me decía a mí mismo, “Si en Madrid alguna vez me olvido de que Dios existe, tengo que recordar que aquí lo tuve muy claro. Dios existe. Es verdad que Dios existe”.

Bará Elohim et. Una semana después el rabino nos explicó que uniendo las últimas letras de la segunda, la tercera y la cuarta palabra de la primera frase de la Torá, también se formaba la palabra Emet.

La enseñanza estaba en que la primera, la segunda y la tercera palabra, formaban la palabra Emet desordenada. Sin embargo la segunda, la tercera y la cuarta palabra, formaban la palabra Emet en el orden correcto. “Primero tenemos que creer, y después podremos entender”. Primero creer y después entender. Yo quería creer. Y fue entonces cuando Aarón y yo, uno enfrente del otro, nos tocamos con las piernas. No sé cómo empezó el asunto, pero no creo que fuera yo el primero. Él me tocaba a mí y después yo le tocaba a él. Bereshit bará Elohim et hashamáim veet haaretz. Aarón y yo mirábamos al vacío. Estábamos más concentrados que los demás alumnos, y el rabino nos ponía como ejemplo.

Y así pasaron las semanas. Cierto día el rabino se adelantó un poco en el relato. Adán y Eva hicieron lo que todos sabemos y fueron expulsados del paraíso. Ese día Aarón y yo, uno al lado del otro, empezamos a tocarnos con las manos debajo de la mesa. No creo que yo fuera el primero. Eran nuestras clases prácticas sobre el pecado original.

Cuando parecía todo explicado, el rabino volvió de nuevo a la primera frase de la Torá. Aarón estaba loco. En un descanso entre dos clases, me miró a los ojos más tiempo que de costumbre y me dijo “Voy al baño”. Tardó demasiado. No sé qué hizo mientras yo descubría un nuevo significado del Bereshit bará Elohim. Pensé que quizás me estaba esperando en el baño. Si no era así, ¿por qué me dijo de esa forma a dónde iba? Ese día, a la salida de clase, intenté hablar con él:

- ¿Podemos hablar sobre lo que hacemos en clase?
- ¿Qué hacemos en clase?
- Sabes a lo que me refiero…
- No, no sé a lo que te refieres.

Aarón era demasiado. En comparación, Carlos no era nada. De hecho, el inofensivo Carlos del Instituto de Madrid, ni siquiera llegó a mirarme. Aarón era un tormento, justo allí, en Jerusalén. Llegué a pensar que estaba confabulado con el rabino para sacar a la luz mi homosexualidad. Las letras que caían del cielo se convirtieron en amenazantes bloques de piedra.

Busqué alguna manera de purificarme. Me habían hablado sobre el Mikve. Aquello consistía en sumergirse tres veces en unas aguas bendecidas por un rabino, mientras se decía una oración. Pero tampoco eso me alivió. El Mikve de Jerusalén era público y no estaba precisamente vacío. Siempre había al menos diez jóvenes judíos saliendo y entrando del agua como Dios los trajo al mundo. Y la única vez que fui, no lo pasé bien.

Mis Salmos del Rey David no estaban funcionando. Lo peor era compartir la habitación con Aarón. Los estudiantes estábamos alojados en una casa grande con habitaciones dobles. Quizás para que nos hiciéramos amigos -porque teníamos una edad similar-, a mí me pusieron en su habitación. Dormir a dos metros de él. Pensar todas las noches, que si yo daba un paso, quizás él daría otro. Hasta que una noche lo hizo. Se metió en la cama, se cubrió con una sábana muy fina y simplemente dijo:

- Mira.

La sábana se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Allí, debajo de la sábana, había una erección muy importante. No dije nada. No hice nada. No pasó nada. Ya no pude dormir, y a las ocho de la mañana me fui al Muro de los Lamentos para rezar por mi salvación, mientras Aarón dormía plácidamente.

Hay gente que piensa que el destino pone ante nosotros exactamente lo que necesitamos, en cada momento, para desarrollarnos espiritualmente. Durante mucho tiempo me gustó pensar en esos términos. Mi religión particular era una mezcla de ideas extraídas del judaísmo, el realismo mágico y los libros de autoayuda de mi madre. Y eran muchísimas las ideas que había en mi religión. Que todo ocurre por algún motivo. Que todo tiene significado. Que nada pasa por casualidad. Que todo lo malo esconde una lección. Que nos encontraremos una y otra vez con las mismas vivencias, hasta que hayamos aprendido. Que el destino es benevolente y por eso nos pone retos en el camino. Que todo ocurre para nuestro bien.

Que todo es trascendente. Que todo tiene un simbolismo. Que todo acontecimiento tiene una interpretación. Que Dios existe. Que las palabras tienen poder. Que nuestros pensamientos crean la realidad. Que los objetos se cargan del significado que les damos. Que existen los presagios. Que a mi madre se le apareció su padre durante un juicio. Que los acontecimientos son cíclicos. Que todo está conectado. Que a pesar de tener libre albedrío, todo está escrito.

Un día el rabino nos explicó:

- Si estamos en una habitación a oscuras y encendemos la luz, la luz se encenderá. Sin embargo, hasta hoy, nadie ha inventado bombillas para que se haga la oscuridad. La luz, siempre se sobrepone a la sombra.

Aarón en Jerusalén. Justo allí. ¿Tenía algún significado?

Mis salmos del Rey David II

LOS TRES MÍSTICOS

Martín tenía unos treinta años, y vivía en una pequeña casita con su mujer y su hija recién nacida. Era argentino y llevaba tres años en la Yeshivá. Pasábamos las tardes en la panadería que regentaba. Un día, le confesé:

- He venido a Jerusalén con la esperanza de cambiar, porque me gustan los chicos.

Después de aventurar algunas ideas que hoy me parecen detestables, como que seguramente de niño me habían violado y lo había olvidado, me dijo:

- Conozco personas que te pueden ayudar.

Se lo tomó muy en serio y puso en marcha una sorprendente red de contactos. Primero visité la casa de un rabino ciego. Mientras yo explicaba mi caso al rabino – en ese momento ya hablaba un poco de hebreo -, su hija le hacía signos en la palma de la mano. Cuando terminé mi explicación, el hombre cogió una hoja de entre un montón de fotocopias. Me explicó que allí estaban escritos los veintiséis nombres de Dios. Cogió un sobrecito de azúcar de alguna cafetería, dobló la hoja y echó dentro el azúcar. Lo plegó y consiguió un rectángulo. Su hija pegó aquello con celo, le puso unas cuerdas y me dijo que nunca me separase de ese amuleto.

No funcionó.

En otra ocasión tuve una cita con el cabalista más importante entre los cabalistas de Israel –y por tanto, me imagino, el cabalista más importante del mundo-. Se accedía a su despacho a través de la nave de la atmósfera inexplicable que está junto al Muro de los Lamentos. Aquello fue muy rápido. Antes de abrir la boca, me miró a los ojos durante dos segundos y me dijo: “Está todo bien”. Me bendijo poniendo la mano sobre mi cabeza y dio el asunto por zanjado. Que aquel hombre tan importante, indagando en mi espíritu, dijera “Está todo bien”, me tranquilizó bastante.

Pero no funcionó.

Y cuando parecía que no había esperanza, apareció el cabalista francés. Martín me prometió que me daría una atención mucho más personalizada que los otros. Me explicó que no hacía falta contarle mi caso. Seguramente, él comenzaría a hablar sin que yo dijera nada, y diría exactamente lo que hacía falta decir. Y así fue.

En la panadería de Martín había una barra con algunos taburetes. Llegó un hombre trajeado de unos cuarenta años. Se sentó, me saludó, y me preguntó si hablaba un poco de hebreo:

- ¿Ata medaber meat hibrit?

Le respondí que sí:

-¡Ken!

Martín comenzó a hacer de intérprete.

- Soy un dentista francés, y hace años vine a Jerusalén para profundizar en el estudio de la cábala. Yo soy ignorante. Lo poco que sé, es como una gota de agua en el mar del conocimiento. Pero a veces percibo cosas, y por la manera en que has respondido “Ken”, te podría decir algo. Antes de seguir hablando, te tengo que preguntar si quieres saberlo.

- Dile que sí, que quiero saber lo que ha visto – Le dije a Martín.

- En tu forma de responder he visto con claridad que tienes un alma buena. Un alma muy buena. Y por eso los ángeles en el cielo han rezado por ti, y han pedido a Dios que pudieras venir a Jerusalén y pudieras estar en este momento, y en este lugar, hablando conmigo.

Me sentí afortunado por estar en ese momento y en ese lugar, escuchando al cabalista.

- ¿Eres español verdad? La cábala empezó allí, en Sefarad. Algunos dicen que fue en Cataluña, en el siglo XII. Ya sabes que las letras hebreas tienen una correspondencia numérica, ¿verdad? Me imagino que sabes que el Alef se corresponde al número uno, que el Bet corresponde al dos, y el Guimel al tres. Después vienen el diez, el veinte, el treinta… El cien, el doscientos, y así hasta completar el alfabeto. ¿Lo sabías?
- Sí, claro.
- ¿Y sabes que Dios en la Torá tiene veintiséis nombres diferentes, verdad?
- Sí.
- Esto fue lo primero que descubrieron los cabalistas. Que al sumar la correspondencia numérica de las letras de cada nombre de Dios, la suma era siempre veintiséis. Cada nombre de Dios suma el número veintiséis, y hay veintiséis nombres de Dios. Esto se descubrió en la Edad Media. Pero los nombres de Dios llevaban escritos en la Torá muchos siglos. ¿Crees que algo así lo han podido hacer los hombres?
- No sé, supongo que no.
- ¡Exacto! Tienes que quedarte en Jerusalén y leer el Zohar. Esto es muy importante -Recalcó nuevamente, muy importante, y a partir de este punto, Martín empezó a traducir más despacio.- En el Ain Sof surgió un rayo de luz, y de ese rayo emanaron las nueve Sefirot, que son las nueve esferas a través de las cuales Dios se manifiesta. A partir de ellas se formaron más esferas interiores y se fueron multiplicando, cada vez menos luminosas, hasta crear el mundo en que vivimos. Tienes que conocer esas esferas, y así llegarás al conocimiento de Dios, y al mismo tiempo, a la felicidad. Te veo demasiado preocupado por ti. Tú no eres solamente tú. Eres una isla. Aparentemente estás solo. Pero por debajo estás conectado al resto de la humanidad. Tienes que hacer esto por la humanidad. No por ti. Es muy importante vivir en armonía con las leyes del Universo. Jerusalén e! s el lugar para hacerlo. Dios utilizó las letras para crear todo esto. Tienes que quedarte y estudiar las letras hebreas.

Me dio más información sobre los ángeles. Parecía tener un contacto directo con ellos. Yo estaba fascinado. Me repitió que tenía que quedarme en Jerusalén y rezar cuanto pudiera. Había llegado en el momento justo y no podía demorarme.

En cierto momento, comenzó a sacar de su bolsillo pañuelos, llaves, pequeños papeles, una kipá. He olvidado casi todo lo que dijo después. Ojala mi recuerdo no estuviera eclipsado por la pistola que sacó del bolsillo y puso sobre la mesa. Cuando la vi, me pregunté cómo era posible todo lo que estaba pasando. En los últimos días todo era muy extraño. Aarón. Las letras por todos lados. Los hombres que volaban. Nunca lo habría imaginado.

- ¿Por qué tiene una pistola? Necesito que la guarde. Traduce, por favor – le pedí a Martín.
- Para ir a trabajar, tengo que pasar cada día por la zona árabe. A veces pasan cosas y me siento incómodo. Tengo que llevarla. Algún día dejará de hacer falta.

Lo que buscaba en el bolsillo era su tarjeta personal. Se guardó la pistola junto a lo demás y me dio la tarjeta.

- Quiero que me llames mañana por la tarde. Me gustaría comprarte unos Tefilim y un Talit para que los uses aquí en Jerusalén. A veces, por la calle, nos fijamos en las chicas. No te quiero decir que eso a Dios le parezca mal. Pero déjame que te cuente una pequeña enseñanza que está en los libros.
- Claro.
- ¿Tú estás circunciso, verdad?
- Sí.
- En cierta ocasión un grupo de judíos viajaba por el desierto, y apareció un león. Un león muy violento. Todos escaparon. Cualquiera de nosotros lo habría hecho, ¿verdad? Tú y yo habríamos escapado. Pero uno de esos judíos no escapó. Al contrario, se acercó al león, se puso frente a él y se bajó los pantalones.

Supongo que yo miraba al cabalista con ojos de no estar allí, o de no estar escuchando lo que estaba escuchando. Le pregunté si había entendido bien. ¿El judío se bajó los pantalones ante el león?

- Se bajó los pantalones. ¿Y sabes lo que pasó? Que al hacerlo, el león salió despavorido. ¡El león se escapó! Los demás se preguntaron cómo era posible. ¿Y tú sabes por qué el león huyó? El león huyó ante la extrema pureza de aquel hombre. Porque ese hombre, nunca había mirado ni tocado su circuncisión.

Nunca había mirado ni tocado su circuncisión. No puedo recordar nada más. Unos días después, me encontré con el cabalista francés en una tienda y me compró lo que me había prometido. Eran unos artículos muy caros. Nos despedimos. No le volví a ver.


LA LLAMADA

En los días siguientes Aarón siguió haciendo de las suyas.

Era de nuevo viernes. Yo había celebrado el Kabalat Shabat en casa de Martín. Cuando llegué a mi habitación compartida, la luz estaba apagada. Me senté en mi cama. Aarón no estaba dormido. Me dijo “Te quiero enseñar una cosa”. Se levantó, se acercó hasta ponerse justo delante de mí y se bajó los calzoncillos. Se los bajó sólo un poco. Vi lo que me mostraba, difuminado por la oscuridad, que es la forma más turbadora de ver esas cosas. Se volvió a su cama. No supe si Aarón quería que yo diera otro paso, o simplemente se comportaba como un animalito. Me acordé de la historia del león. De nuevo no pude dormir. Por la mañana, me encaminé hacia el Muro para rezar mis salmos.

Hay unas escaleras que bajan hacia la explanada donde está el Muro. No sé cómo pasó. Tropecé. Cuando estaba a punto de tocar el suelo me elevé, y por fin, conseguí llegar a uno de los destellos del cielo. Pensé que quizás la elevación se producía cuando se había rezado lo suficiente.

Pero el destello no era de luz. Estaba hecho de reproches. Vi un padre diciéndole a su hijo “Preferiría que fueras asesino o violador”. No sé si todos los destellos de Jerusalén eran iguales. Allí había un montón de frases erróneas y decisiones incorrectas. “Vas a sufrir en la vida”. Estaban todos los científicos y los líderes religiosos que se equivocaron. “La homosexualidad es fruto de un trauma”. Estaba el sentimiento de incomprensión. Había psicólogos equivocados. “La homosexualidad es consecuencia de alguna carencia”. Vi a los padres de Aarón, echándole de casa en el año 1997 – y estábamos en el año 1993-. “Vuelve cuando seas diferente”. Había zonas oscurísimas del planeta. “No has encontrado a la persona adecuada”. Había programas de televisi&oacut! e;n donde desfilaban homosexuales esforzándose por resultar simpáticos a la sociedad. “Tengo unos vecinos que son homosexuales pero son muy buena gente”. No entendía la naturaleza de ese destello. No sabía por qué las frases se convertían en luz cuando se miraban desde el suelo. Cuando quise tocar aquello, todo se esfumó y me precipité hacia el suelo. De pronto me encontré en una cabina telefónica en una plaza. En ese momento, me desperté.

Aarón no estaba en la habitación. No podía creer que anoche me atormentara de esa forma. Era mejor volverme a Madrid. O todo lo contrario, quedarme a vivir en Jerusalén como me dijo el cabalista francés. Salí a la calle, y en una plaza, encontré una cabina telefónica. Eran las doce del mediodía del Shabat. En Shabat no se podía llamar por teléfono. Marqué el teléfono de mi casa.

- Mamá, te tengo que contar una cosa.
- Decíme Andresito.
- Quiero que me envíes dinero para quedarme a vivir en Jerusalén. Necesito volver al camino de la luz.

Le dije, literalmente, volver al camino de la luz. Quizás mi madre me escuchó angustiado y me preguntó:

- ¿Por qué dices que quieres volver a la luz? ¿Ha pasado algo?
- Es que soy homosexual. Y creo que aquí podría cambiar.
- ¡Ah!

Ese ¡Ah! sonó por todas partes. Recordé mi sueño y miré a mi alrededor. No supe si había soñado con esa cabina telefónica o era la primera vez que la veía.

- Andresito, yo ya lo sabía. A mí eso no me importa. Lo único que me importa es que seas feliz.

Me sentí muy aliviado.

- En cuanto a enviarte el dinero, vamos a hacer un trato. Ven a Madrid, quédate un mes aquí, y si después quieres volver a Jerusalén lo arreglamos para que vuelvas, ¿Te parece?

Mi madre no iba a darme dinero si no pasaba antes por Madrid.

Me encanta pensar en esos momentos en que los caminos se bifurcan y todo podría ir en una dirección o en otra. Las pequeñas decisiones, los encuentros, las frases exactas, las reacciones que cambian todo nuestro futuro. Si mi madre me hubiera enviado el dinero cuando se lo pedí, quizás hoy seguiría en Jerusalén intentando creer.

Dije en la Yeshivá que me iba. Llevaba en Jerusalén un mes y medio. Me dio pena. El rabino estaba a punto de pasar a la segunda frase de la Torá En España, hacía quince días que habían comenzado las clases del Instituto.

Aarón me contó que él también se volvía a Venezuela. Nos despedimos con un abrazo frío. Yo esperaba encontrar en nuestra despedida alguna respuesta. Pero fue un abrazo que no me informó de nada. No supe nada más de él. Supongo que habrá seguido la norma natural de tener siempre un año menos que yo. Creo que me dio su dirección postal y no recuerdo si le escribí.

Poco a poco fui perdiendo el interés por el judaísmo y se derrumbaron el resto de creencias de mi religión particular. Pero tengo que confesarlo: algo ha quedado de todo aquello. Algo parecido a las ruinas del Segundo Templo. En este momento, por ejemplo, estoy pensando en el destino. Me cuesta creer que Aarón estuviera allí por casualidad ¿Por qué allí, precisamente en Jerusalén? No estuvo en el Instituto ni en los veranos en la playa de San Sebastián –en esos lugares habría sido perfecto-. Estuvo cuando no quería que estuviera, y cuando le quise encontrar no apareció. Quizás el destino no fue benevolente conmigo sino irónico. Pero si el destino tuvo intención de ser irónico, o sea, si el destino tuvo alguna intención, ya es decir mucho del destino.

Quizás estaba escrito. Quizás Jerusalén no era mi ciudad, y el destino colocó allí a Aarón para atormentarme y que yo no me quedara. Puede que yo tampoco fuera casual para él.

Y no sé cómo ocurrirá, pero sé que algún día se pondrá en contacto conmigo y me contará que yo le atormentaba en Jerusalén. O no.

Hace poco, revisando los papeles que mi madre dejó en su habitación cuando murió, encontré una copia de la carta que escribió a la Embajada de Israel en España. Pedía a las autoridades que se me retire del censo de ese país y no se me reclame para hacer allí el servicio militar. Parece ser que cuando tenía dieciocho años se pusieron en contacto con nosotros. Cuando ponga el punto final en este relato iré a la Embajada y preguntaré por este asunto. No quiero ser un desertor, porque me gustaría volver y hacer algunas cosas en Jerusalén. Tendré que comprobar si es verdad que los hombres allí volaban. Tendré que ir en un día soleado y pasear por las calles de piedra, y en una plaza, encontrarme a Aarón preguntando por mí. Tendré que hacerle caso al cabalista francés. Iré, me compraré el Zohar, y lo leer&eac! ute;. Después, me acordaré de mi madre y saldré de la ciudad.

A Moshé le volví a ver diez años después. Cuando mi madre murió, él seguía siendo el rabino de la Sinagoga y estaba allí para decir una oración por ella. Se acordaba perfectamente de esa mujer que asistía con su hijo a las clases de cábala. Según me contó, ninguna otra madre llevó a sus hijos a las clases de cábala. En aquella ocasión, no le conté nada sobre Jerusalén.

Moshé nunca supo que sus Salmos funcionaron.

Funcionaron, porque después de aquel viaje a Jerusalén, seguí pensando en Carlos y en Aarón, es verdad, pero dejó de importarme.

Antes de coger el autobús que me llevaría al aeropuerto de Tel Aviv, me despedí del Muro de los Lamentos. Escribí una frase en un papel, lo enrollé y lo dejé entre dos piedras. Lo único que me importa es que seas feliz. Hoy solo me encuentro a mi madre en los sueños. Y siempre, siempre que aparece, intento darle las gracias.

14 de noviembre de 2008

Crónicas de América: mis hermanos





Este relato está basado en hechos reales. En la foto de arriba estoy con mis dos sobrinos y su padre (es la foto mencionada en el relato). En la foto de abajo, un sandwich mixto del Imperio y detrás de la ventana, la esquina de la calle Canning con la calle Corrientes (Buenos Aires).


EL COLONIZADOR AGRADECIDO

Hace diez años, busqué los teléfonos de mis hermanos en Buenos Aires.

Después de tachar a todos los Lewin que encontré en la guía telefónica, asumí que nunca conocería a ninguno.

- No conozco a tus hermanos.

Los Lewin, la rama polaca de los descendientes de la tribu judía de Leví, todos al teléfono:

- No conozco a tus hermanos.

Pero un día conseguí entrar en un edificio oficial. Recuerdo que era decadente y tenía unas escaleras descomunales. Parecía que allí se había detenido el tiempo junto al corazón de algún antiguo general. Al final de las escaleras, apareció un señor muy de otro siglo, con una escarapela enorme en la solapa. Y me acordé de cuando el siglo pasado yo era niño, y llevaba una escarapela en el guardapolvos de la escuela, y juraba cada mañana la bandera.

Hablé con el señor antiguo, y me contó que buscar familiares era un trámite que llevaba mucho tiempo. Pero a mí me quedaban solamente dos semanas más en Buenos Aires. Por eso, le rogué que me hiciera el favor de acelerar el proceso. Lo hizo, y cerró el asunto extendiendo una mano con un papel manuscrito, y calló mi agradecimiento con una frase inolvidable:

- Para que le cuentes a los colonizadores lo bien que te han tratado los indígenas.

Me guardé muy bien ese papel. Había conseguido las direcciones de mis dos hermanos por parte paterna: Claudio y Andrea Lewin.



UN DIA DE JULIO DE 1998

Cuando llamé al timbre de Andrea Lewin, no bajó mi hermana sino un hombre que decía ser su marido.

-Mostrame tu cédula de identidad.

Me pareció lógico que ese hombre me pidiera identificación, porque mi historia era inverosímil. Se la mostré.

- Es verdad, sos un Lewin. Mirá, tu hermana no quiere verte.
- ¿Por qué? Sólo quiero tomarme un café con ella.
- Disculpá, pero no tiene una buena relación con su papá.

Su papá, mi papá, nuestro padre común. Parece que la sombra de Jacobo Lewin me estaba tapando a mí.

- Tomarnos un café, ¿no sería posible?
- No.

En ese día de julio de 1998, en alguna cafetería de Buenos Aires, hubo dos cafés que estaban destinados a nosotros, pero se los tomaron otras personas.

Ya no intenté conocer a Claudio.

El papel con las direcciones de Claudio y Andrea se quedó diez años en una carpeta, en el fondo de un baúl, en una habitación de una casa de Madrid.



UN DIA DE JULIO DE 2008

Diez años después, yo estaba de nuevo en Buenos Aires. Me desperté temprano y desayuné con dos facturas de ricota y dulce de leche. Cogí el papel del general criollo, lo doblé cuatro veces y me lo guardé. Según ese papel, mis dos hermanos vivían en la misma calle. En el 74, y en el 451. Me dirigí hacia allí.

En Buenos Aires no había monedas. Yo llevaba en el bolsillo un montón de billetes, pero con eso no podía pagar el colectivo. Pregunté por qué nadie tenía cambio. Todos me contestaron que no se sabía, y que el gobierno tampoco lo sabía, y que simplemente, las monedas habían desaparecido.

Alguno de los seres inmersos en el surrealismo que vive por allí, me había contado que las monedas se fundían para vender su metal. Y que el material resultante se vendía más caro que la moneda del que procedía. No entiendo mucho de economía, pero eso no debe ser bueno. Ya sé por qué Argentina significa Tierra de la Plata. Allí, la plata es un tema muy importante. Pagué el colectivo con un billete.

Llegué al número 74 de la calle de mi papel arrugado. Era la posible casa de mi hermano. Pregunté al portero en qué piso vivía Claudio.

- Llevo acá muchos años, y no conozco a ningún Claudio.
- ¿Pero cuántos años llevas aquí?
- Muchos años.

No insistí.

Me puse a andar hacia el número 451 de la misma calle, donde estaba la posible casa de Andrea Lewin. Lo recordaba todo. Yo ya había hecho ese recorrido. Mientras andaba, de una nube se desprendió la palabra “Edificio”, y calló rodando a mis pies.

Llamé al portero del 451 y le conté mi historia completa. Después de quedarse en silencio un buen rato, me dijo con claridad:

- Andrea vive en el 3ºB.

Me sonaba mucho. El 3ºB. Hacía diez años, era allí donde vivía mi hermana.

Llamé al timbre, y una mujer me dijo que allí no vivía ninguna Andrea Lewin, y que no conocía a ninguna Andrea Lewin. Pensé que quizás Andrea Lewin me estaba diciendo que ella no vivía allí.

Me puse a llamar sistemáticamente a todos los pisos del edificio, desde el primero hasta el noveno, preguntando por Andrea Lewin. Nadie sabía nada o no querían saber.

Iba por el sexto piso, cuando salió a la calle un chico que rondaba los veinticinco años.

-¿Qué pasa?, ¿Qué estás buscando?

El chico estaba visiblemente nervioso. Yo le expliqué toda la historia. Le conté que hacía diez años había llamado a esa misma puerta, y que bajó el marido de Andrea, y que Andrea no quiso verme porque creía que yo era un emisario de mi padre, pero que en realidad yo no era eso, y que sólo quería tomarme un café con ella para conocerla.

El chico solamente negaba y miraba al suelo, y negaba y miraba a mi derecha por encima de mi cabeza. Yo también miraba por encima de su cabeza, porque había una mujer varios metros detrás de él, y yo intentaba encontrar en ella mis rasgos.

- Acá no vive esa mujer. Nosotros vinimos a vivir acá hace dos años. Yo no sé nada. A lo mejor se fue a Estados Unidos cuando empezó la crisis. Preguntá en la inmobiliaria.

Yo insistí, sabiendo que quizás le estaba contando mi historia de locos a un desconocido que no tenía nada que ver con Andrea Lewin, y que posiblemente me estaba percibiendo como a un demente o a un ladrón.

A pesar de mis intentos, el chico sólo quería que me fuera. Le dije que seguiría llamando a los pisos que me faltaban, del sexto al noveno, y me advirtió que conocía a todos los vecinos, que allí no vivía ninguna Andrea Lewin, y que dejara de molestar.

Sé que me expreso bien, pero sólo por escrito o cuando no hay nada en juego. No me sirve de nada en los momentos verdaderamente importantes. En mi primera visita, hace diez años, podría haberle dicho algo más al marido de mi hermana. Y en esta ocasión, podría haberle dicho algo más al chico que tenía delante.

Volví hacia la parada del autobús pensando que jamás conocería a mis hermanos. ¿Qué podía tener Andrea Lewin contra mí, si no nos conocemos? ¿Qué habrá pasado entre ella y mi padre para que, en dos ocasiones, me niegue la entrada?

Quizás a mi hermana le parezca absurdo tomarse un café conmigo. En Buenos Aires la gente no está para lirismos. Están demasiado preocupados porque tienen que sobrevivir en una ciudad de locos, y están inquietos porque cualquier historia puede servir para entrar a robar a una casa. Creo que soy muy afortunado, porque yo sí estoy para lirismos.

¿Están todos locos, aquí en Buenos Aires? No buscaré más. ¿Para qué? Si ya tengo otros hermanos, mis hermanos maternos, que sí me abren la puerta. Si en realidad un hermano es una persona que te quiere, y creo que de esos, también tengo muchos.

Nunca sabré si el chico que bajó a la calle estaba tan nervioso porque yo le estaba contando una historia demasiado novelesca para ser cierta, o si el chico que estaba nervioso era mi sobrino, y su madre Andrea Lewin.

En ese día de julio de 2008, en alguna cafetería de Buenos Aires, hubo dos cafés que estaban destinados a nosotros. Pero se los tomaron otras personas.

Tomé el colectivo de vuelta escuchando canciones. ¡Menos mal que existen las canciones, que dan consuelo y un marco de belleza a las cosas feas! Resignado y un poquito triste, escuché una y otra vez la canción más perfecta posible en ese momento: Going to a town, de Rufus Wainwright. Y canté junto a Rufus: “Estoy tan cansado de ti, América”.

¿Acaso Rufus no es hermano mío? ¿Y vosotros que leéis esto con interés, no sois hermanos míos?




EMAILS DESCOMUNALES

Durante quince días, seguí acumulando billetes inservibles en los bolsillos, y el papel manuscrito que me dio el general criollo volvió a dormirse en una carpeta.

En Buenos Aires, es habitual que junto al café se sirva un vaso de soda, incluso un zumo de naranja y un par de galletitas. Cada mañana visitaba una cafetería, tomaba mis facturas y pedía mi café con poco café, que allí se llama lágrima. Después, me pasaba un rato largo conectado a Internet.

Una mañana de agosto de 2008, me desperté sin imaginarme el email que me esperaba. Hay días que me siento filmado por los mejores directores del planeta. Esa mañana, se despertaron temprano, prepararon todo, y filmaron.

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Remitente: Brian.
Asunto: Hola Andrés Lewin


Hola Andrés, mi nombre es Brian. Soy hijo de Andrea Lewin.

Antes que nada quiero pedirte disculpas. Estuve investigando en el blog de tu página web, y como vos mismo decís ahí, acá en Argentina somos “justificadamente desconfiados”, y te puedo decir que el día que viniste, nos tomaste por sorpresa.

Voy a ser completamente sincero. Mi mamá no tiene un buen recuerdo de su papá, y no quiere encontrarse con esa etapa tan triste de su vida. Le hace muy mal.

Si quieres conocernos a mí y a mi hermano, solamente a nosotros, sería un verdadero placer.

Mil disculpas, y espero que puedas entender a mi mamá.

Brian

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Remitente: Andrés Lewin
Asunto: Re: Hola Andrés Lewin


¡Hola! Estoy realmente sorprendido. Es decir... ¿me está escribiendo un sobrino? ¿Eres tú el que bajaste a la puerta?

El hecho de que yo quiera conocer a tu madre, no tiene nada que ver con nuestro padre común. No tengo ningún mensaje de nuestro padre para ella, ni tengo intención de contarle nada de él, porque por otra parte, sé muy poco. Hace diez años intenté conocer a tu madre y no pude, y hace dos semanas lo intenté de nuevo y no pude. Sólo quiero tomarme un café con ella y hacernos una foto. Hablaremos de cualquier cosa menos de nuestro padre. Pero si ella no quiere, por el motivo que sea, lo entiendo.

Yo he venido a encontrar a mis familiares perdidos. Por eso, me encantaría conoceros a vosotros dos, aunque no venga mi hermana.

Me voy de Argentina el 14 de agosto, y después, será difícil que vuelva a corto plazo.

Gracias por tu mail, me ha puesto muy contento.

Espero tu respuesta.

PD: ¿cómo me has localizado?


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Remitente: Brian
Asunto: Re: Re: Hola Andrés Lewin



Hola Andrés, ¿como estas?

Si, soy yo el que bajó a la puerta. De nuevo te pido disculpas.

Si te vas el 14 de agosto, me parecería conveniente encontrarnos cuanto antes.

En cuanto a cómo te encontré, yo escuché hace algunos años una canción tuya, no recuerdo cual. En ese momento no te relacioné con mi mamá, pero ayer por la mañana me acordé de aquella canción y de que el cantante se llamaba Andrés Lewin. Entré en tu web y reconocí a la persona que vino a tocar el timbre.

Mi hermano y yo hemos escuchado tus canciones, y nos encantan tus letras.

Espero tu respuesta.
Nos vemos,
Brian

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EL IMPERIO

Mi madre echó a mi padre de casa cuando yo tenía dos años. Durante ocho años más, yo seguí viendo a mi padre los fines de semana. Después, desaparecí de Buenos Aires.

En la esquina de la calle Canning con la Calle Corrientes había una cafetería llamada El Imperio. Era allí donde mi padre y yo nos encontrábamos. Él se pedía un licuado de banana y un sándwich mixto, y me pedía un licuado de banana y un sándwich mixto.

Cuando yo era niño, hubo una inundación terrible en Buenos Aires. Recuerdo que el agua me llegaba por la cintura y caminar se me hacía complicado. Ese día conocí el mar.

Pero el día de la inundación, el Imperio se incendió.

Cuando un día de julio de 1998 visité El Imperio, sus espejos todavía recordaban las llamas. Cuando un día de agosto de 2008 visité El Imperio, sus espejos habían olvidado las llamas.

Y fue allí, en El Imperio, donde quise encontrarme con mis sobrinos. Nuestra cita era a las cinco.

Eran las cinco menos cuarto en la puerta del Imperio. Me fumé varios cigarrillos, uno detrás de otro, y eran las cinco menos cinco. La boca del subte Malabia suspiraba, y de una nube colgaba la palabra “Añoranza”. Eran las cinco en punto.

El chico que unos días antes defendía a su familia, apareció con una sonrisa enorme y un hermano más joven a su derecha. Y el hermano, ese sí que se parecía a mí.

- Estoy con mi papá, que está esperando en el coche. ¿Querés subirte y vamos a un lugar más tranquilo? Acá hay mucho ruido.

- Preferiría que nos quedásemos aquí. La última vez que te vi estabas muy nervioso y parecías un poco violento. Yo no sé qué pasó entre mi padre y tu madre, ni sé qué pensáis sobre mis intenciones. Prefiero un lugar concurrido.

Mis sobrinos se sentaron en una mesa del Imperio. En esa mesa, hacía ya demasiados años, se había sentado su abuelo, al que no conocían.

Pocos minutos después apareció un hombre por la puerta. Le reconocí. Era la persona que hacía diez años me había pedido la identificación y me había negado la entrada.

Ya estábamos todos en la mesa. Todos menos Andrea Lewin.

Yo pedí un licuado de banana y un sándwich mixto. Ellos también.

Empecé explicándoles que el motivo de reunirles era mi vínculo romántico con el pasado. O la curiosidad. O el sentido literario. O no sé.

También les conté que tenía información contradictoria sobre mi padre, y que necesitaba una versión más para poder decidir, como un juez ante las pruebas.

Me puse a contar una historia un poco triste, de recuerdos difusos y quizás distorsionados. Mientras yo hablaba, los camareros del Imperio servían cafés y cafés y cafés.

En ese día de 2008, en la vieja cafetería del Imperio, se sirvió un café que estaba destinado para Andrea Lewin, pero se lo tomó otra persona.

Mientras yo hablaba, mis oyentes abrían la boca por orden de edad. El mayor, de unos 40 años, el marido de Andrea Lewin, el que me pidió la cédula de identidad en mi anterior visita, tenía la boca abierta, pero de un modo bastante disimulado. Brian, de 23 años, el que bajó a la puerta cuando toqué al timbre en esta ocasión, tenía la boca abierta. Y por último Alan, de 18 años, tenía la boca muy abierta. Él ni siquiera sabía que tenía un abuelo llamado Jacobo Lewin.

Cuando terminé mi historia, el marido de Andrea sentenció:

- Tu historia es muy similar a la de mi mujer.

Y no se habló mucho más sobre ese tema. Apenas algún relato poco conocido. Alguna historia un poco triste. Yo creí su versión, la creí totalmente, no tenía por qué no hacerlo, pero la palabra “Nunca” se desprendió de un edificio cercano, y se quedó a las puertas del Imperio.

Cuando di el último sorbo a mi licuado de banana, la palabra “Nunca” entró por la puerta del Imperio, me saludó, y yo la acogí.

Nunca conoceré a mi padre. Nunca sabré la verdad. Nunca voy a juntar las pruebas suficientes. Es como intentar conocer a Ben a la altura de la mitad de la cuarta temporada de Lost. ¿Es bueno o es malo? No sé. Es Ben.

Pero ya no importa, pasó hace mucho. Déjalo estar.

Después supe que mi hermano Claudio Lewin decidió viajar, y que realmente está muy lejos. Algún día le conoceré. Yo, mis antecesores, y mis hermanos, estamos vinculados a España, Polonia, Turquía, Argentina, Estados Unidos, e Israel. ¿Viajamos porque somos judíos? ¿O viajamos porque somos pobres?

También supe que fue Brian el que convenció a su padre para encontrarse conmigo. Pensó, al leer las letras de mis canciones, que yo era una buena persona. Saber eso me llenó de alegría, aunque no sea cierto, porque soy un ser humano, y salvo pocas excepciones, los seres humanos no somos buenos ni malos.

Y supe, que cuando llamé al timbre quince días atrás, la que contestó no era Andrea, sino Alan. Y que después de mi visita sorpresa, tuvieron que explicarle que su abuelo biológico no era el que él conocía.

Aquella cita estuvo muy bien. Antes de ponerme a escribir esta historia he vuelto a ver las fotos que nos hizo un camarero. Salimos muy sonrientes.

Si alguno de vosotros pasa por El Imperio, en la esquina de la calle Canning con la calle Corrientes, que pare y se pida en mi honor un licuado de banana y un sándwich mixto. El que quiera llegar, tiene que saber que hoy la calle Canning se llama Scalabrini Ortiz, y que al lado del Imperio ya no hay una tienda de discos sino un McDonalds. Y que en El Imperio nada puede ser prosaico, porque allí late el corazón de Buenos Aires y la historia muda de todas las infancias.

Y si alguno de vosotros hace una parada en el viejo Imperio, y ese día alguno de vosotros se acuerda de mí y se toma un licuado de banana y un sándwich mixto, por favor que me lo cuente.



14 DE AGOSTO DE 2008

El 14 de agosto estaba previsto mi viaje de vuelta. Era invierno en Buenos Aires y era verano en Madrid. Ese día, si mi madre viviera, habría cumplido 74 años.

Me desperté temprano y desayuné con dos facturas de ricota y dulce de leche. Cogí el papel del general criollo, lo desdoblé y lo guardé en la carpeta de siempre. Me conecté al Messenger, y me encontré a uno de mis sobrinos usando de nombre una frase de mis canciones. El otro sobrino tenía puesta nuestra foto. Hay gente que piensa que Internet nos aleja del trato humano. Ante la evidencia constante, yo pienso lo contrario.

Me despedí de ellos dándoles de nuevo las gracias por la cita. Alan se despidió de mí diciendo:

- Mi mamá te manda un abrazo fuerte.

Unas horas después, mi avión hacia Madrid despegó.

6 de septiembre de 2008

Carta para mis fantasmas


En la foto, se ve el número 125 de la calle Canning, en Buenos Aires. Cuando llegué, hice sesenta fotocopias de la carta que transcribo a continuación, y las dejé debajo de la puerta de las sesenta casas del edificio.


Carta para mis fantasmas

Me llamo Andrés Lewin. Este edificio, el 125 de la antigua calle Canning, fue construido por mi padre, Jacobo Lewin, hace más de treinta años. Y hoy, ante mis ojos, se ha llenado de fantasmas.

Mientras mi padre lo levantaba, mi madre se ilusionaba con una nueva vida y concebía mi existencia en su mente. Y así fue cómo nací, entre planos y frasquitos de homeopatía, en esta increíble ciudad de Buenos Aires, en la letra E del primer piso de este edificio. Estoy escribiendo esta carta, con la idea de dejar una copia para todos los que hoy viven allí.

Mi padre pudo levantar este bloque de piedras pero no supo sostener el amor. Mi padre jamás me dijo te quiero, y algunos años después, mi madre me refugió en España. Hoy, a finales de julio del año 2008, vuelvo a este lugar desde Madrid, para saludarlo y despedirme.

No me despido de una materia inerte. Me despido de unas piedras cargadas de sentimientos. He venido a despedirme de mi pasado.

Sólo porque es bueno contar pequeñas historias, ya que el mundo está lleno de cosas prosaicas. Y sólo porque estas palabras podrían inspirarte o motivarte a pensar en algo elevado. Y sólo porque quizás me recuerdes, o recuerdes a mis padres o a mi hermano, y quizás tendrás un recuerdo amable. Por estos motivos, me he puesto a escribir esta carta, que dejaré en la puerta de tu casa.

Entre estas paredes aprendí el lenguaje que ahora utilizo. Entre estas paredes mi madre jugó conmigo al avioncito, y me quiso como lo hace una madre inmensa. Aquí escuché por primera vez una canción emocionante. Aquí entendí que los gatos son elegantes y que no se dejan domesticar. Aquí supe que la vida es maravillosa, pero también que mi madre un día llegaría a las estrellas, desde donde ahora me contempla. En este lugar he visto llover y llover, y aprendí que lo mejor de la vida está en la belleza que se encuentra en todas las cosas.

Te pido, a ti que lees esto, a ti que vives entre estas piedras donde se esconden los fantasmas de mis diez años, que vuelvas a hablar con ellos, porque les he visto agazapados, esperando unos ojos nuevos y una mirada ilusionada.

Pídele al fantasma de mi padre, que me quiera más. Y dile al fantasma de mi madre, que el amor que dio a sus hijos nunca se pierde. Y a los fantasmas de mis juguetes, y al fantasma del tocadiscos y a las canciones inconcebibles, dales una patada directa a Madrid. Saluda a los gatos y al granizo. Y si ves a los fantasmas que hacen llorar, es mejor que te hagas el tonto, y bajo ningún concepto les cuentes a dónde he ido.

Quisiera que me relates el devenir de este edificio y de esta calle, y me refiero solamente a su devenir poético, o sea a las cosas bonitas o feas que pasen aquí. Puedes escribirme a andreslewin@andreslewin.com, y contarme todo lo que te dicen mis fantasmas. Yo te lo agradeceré muchísimo, porque harás algo lleno de belleza. Pero te daré las gracias desde el presente, desde este lugar maravilloso, donde sólo permanecen los buenos recuerdos.

Un abrazo.

Andrés Lewin
Buenos Aires, 25 de julio de 2008

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Me imagino que la mayoría de las personas que se encontraron con ese papel lo tiraron directamente a la basura. Y entre los que lo leyeron, supongo que algunos me tomarían por un loco, otro montón desconfiaría de mis intenciones, y los demás no tendrían el espíritu para ocuparse de un asunto tan poco práctico. Sólo sé que quince días después, recibí una respuesta, que transcribo a continuación (previa autorización de la autora). Una sola respuesta que valió por mil.

Respuesta recibida en mi correo electrónico, el 10 de agosto de 2008:

Leí tu "carta" hace pocos días. No le dí mucha importancia a ese papel que aparecía debajo de mi puerta, pensando que era publicidad de alguna inmobiliaria.

Cuando me decidí a hacerlo, me brotaron las lágrimas al ver, o mejor dicho sentir, tu sufrimiento. Te debo conocer, porque mi esposo y yo compramos a estrenar el 4°F en abril de 1970. Yo sigo aquí, pero él falleció hace 10 años. Tengo una hija de 34 y un varón de 31 años. De tu mamá tengo un leve recuerdo.

¿Eres escritor?

Hoy es el Día del Niño aquí, entonces quiero saludar, abrazar y besar a ese niño herido que hay en vos.

Graciela Maria Silvestri

1 de septiembre de 2008

Que se lo coma el negro, que se lo coma el mexicano



Yo vivo en un barrio marginal, con un porcentaje muy elevado de inmigración de origen muy heterogéneo. Y tengo el orgullo de ser una auténtica minoría étnica. Todo un embajador, porque dudo que haya otro judío.

Un domingo cualquiera, me desperté y me propuse hacerme una pizza carbonara marca El Caserío. Pero por supuesto, hay que echarle más bacon y más queso que el que trae, ya que el objetivo es engordar. Queso tenía. Necesitaba bacon.

Fui a la tienda de alimentación china de mi barrio. En la nevera, había algunas bolsas de bacon rosado, que suele ser el color del animalito del que proviene, pero detecté una bolsa de bacon marrón. Marrón negruzco.

- Oye, quizás tendrías que tirar este bacon, ¿no? Está negro...
- ¡¡¡Deja bacon en nevela!!!
- ¡¡¡Pero si está podrido!!!
- ¡¡ No impolta!! ¡¡Coge otlo!!
- No entiendo… No lo vas a vender...
- ¡¡Que se lo coma el negro!! ¡¡Que se lo coma el mexicano!!

¿Habéis visto las películas de Spike Lee, llenas de divertidos conflictos interraciales en barrios marginales?
– Hago un inciso para recomendar "Haz lo que debas" -. En sus películas, el punto tragicómico está en que todos están contra todos. Y es que, precisamente, eso es lo que suele pasar en barrios como el mío. Chinos contra árabes contra negros contra sudamericanos contra rumanos contra gitanos. Y los blancos, contra todos juntos.

El caso es que yo creo, que Spyke jamás habría imaginado un diálogo como el que tuve con el chino. Jamás. Y eso que Spike se lo curra.

No sé, este tema me tiene bastante inquieto. Porque yo me pregunto. ¿El chino se refería a un negro en concreto, a un negro con nombre y apellido, que debía comerse ese bacon corrupto? El chino, ¿Se refería a un mexicano en concreto, un mexicano que vive en mi barrio y que querrá comerse ese bacon horrendo? Y yo me pregunto. ¿Es que el chino está enemistado con ellos, y por eso les quiere adjudicar la ponzoña?

Porque hay otra posiblidad, y no podemos descartarla. Quizás la frase “que se lo coma el negro” esconde una afirmación más general. Puede que el chino piense que debería existir una correlación entre el color de la piel y el color del alimento ingerido. Pensad que la medicina china es bastante loca. Está llena de ideas super respetables, pero pendientes de demostración mediante el método científico. Entonces, ¿quizás las personas de pieles oscuras deben comer comida oscura, por ejemplo bacon negro, respetando algún tipo de norma loca? Si esto fuera así, ¿todas las coca colas serían para los negros? No creo. En primer lugar, porque he visto al chino vender coca colas a los blancos. En segundo lugar, porque la correlación raza-alimento nunca podrá ser perfecta. Por ejemplo, los negros no llevan burbujas de gas, y no deberían beber coca cola, si nos guiáramos por esta norma.

Y me pregunto. Este chino, ¿sabrá que yo soy judío? ¿Me tendrá adjudicadas las judías? ¿Cree que son para mí? ¿Ante unas judías caducadas, este chino dirá “que se las coma el judío”? Es todo tan confuso.

Yo creo que no es un chino normal. Generalizando, y por tanto equivocándome, diré que todos los chinos que atienden en bazares y tiendas de alimentación son super simpáticos y super bordes. Las dos cosas al mismo tiempo, creando una paradoja. Pero mi chino es diferente. No todos hacen tai chi, como mi chino.

En cierta ocasión, le sorprendí realizando posturas inverosímiles cuando entré en su tienda. Él estaba solo. El bacon marrón observaba, pero sin decir nada.

- Hola, ¿Qué haces?
- Hago tai chi.
- ¡Ah, mi madre hacía taichi! ¡Es muy relajante!
- ¡¡¡No tu madle no taichi!!! ¡¡¡Imposible, tu madle no!!! ¡¡¡Taichi mucho peliglo!!!

Mi madre murió hace tiempo. El chino no pudo conocerla. Pero el chino estaba seguro de ello. Y es un hecho que mi madre hacía tai chi. Entonces pienso, ¿mi madre era peligrosa? No sé, no me pega nada. Creo que el chino está chiflado.

Porque después de esta extraña conversación, el chino se puso triste, y lo noté porque se puso a mirar hacia el suelo, en silencio, y lleno de amargura. Yo, en un intento de ayudar, le pregunté si era feliz. No supo responderme. O sea, él sacó el diccionario, y buscó la palabra feliz, pero no la encontró.

¿La moraleja? Que se lo coma el negro. Que se lo coma el mexicano.

29 de julio de 2008

Crónicas de América: lágrimas en el manto violeta


En la foto de arriba, estoy en Buenos Aires, en el barrio de La Boca, mostrando la contraportada de mi disco "Agencia de Viajes", justo en el lugar donde se hizo la foto de la contraportada de ese disco (pinchar sobre la foto para verlo con más detalle). Todo muy borgiano, como corresponde al país que he venido a visitar.

Cuando mi amiga y yo llegamos al aeropuerto de Ezeiza, había entre las maletas una ballena abandonada. Un enormísimo contrabajo melancólico y sin dueño, que había caído de la cinta y sin embargo venía de Brasil. ¡Imaginaros la alegría del dueño! Mi amiga y yo nos debatimos entre denunciarlo o llevárnoslo para venderlo y gastarlo todo en los casinos de Mar del Plata. Optamos por la primera opción, con menos glamour pero más afortunada para el dueño del cetáceo. ¿Dónde estará ahora esa maravilla?

Lo primero que hicimos al llegar a nuestro alojamiento fue buscar una docena de facturas -los pasteles argentinos que se comen para desayunar-, y las devoré como si no hubiera comido hace años. A día de hoy creo que ya llevo tres docenas. No me juzguéis. Hasta que no las probéis no entenderéis.

Aquí todo es insultantemente barato. El tabaco sesenta céntimos de euro. Viajes en taxi atravesando esta ciudad inmensa por cuatro euros. Comidas tremendísimas por tres euros. Lo siento por mi estética, pero estos asados, empanadas, choripanes, chimichurri, bifes, dulce de ricota, dulce de batata, dulce de leche, matambre, facturas, ñoquis, ravioles, milanesas, chinchulines, pizzas argentinas, mantecol, queso mantecoso, todo esto hay que probarlo. Porque está muy barato y muy rico. Y las cosas que existen en otras partes del mundo, como la pizza o la carne, aquí saben mejor. No sé por qué. En caso de la carne, creo que las vacas comen césped, y no clembuterol.

Aquí se vive muy mal. Pensaba que esto no era el Tercer Mundo, pero lamentablemente sí lo es. Es un Tercer Mundo lleno de personas cultas y de construcciones de épocas doradas. Las calles están llenas de "cartoneros" -personas que van recogiendo cartones para venderlos-. Hay niños de ocho años mendigando, o pidiendo amablemente pizzas a los turistas que comen despreocupadamente en las terrazas de Palermo. Cuando hablas con la gente, sale el tema de los gobernantes a los dos minutos. En este país pasan locuras constantemente, y las noticias del telediario son tragicómicas. Aunque claro, un taxista nos ha dicho: "Y sí, acá todo es de locos, pero ustedes matan a los toros". Y no podía tener más razón.

En el concierto que he tenido en Buenos Aires, sólo vinieron a verme siete personas. Yo sabía de mucha más gente que quería verme, pero no pudieron viajar ya que hay una huelga de autobuses, que es el único medio de transporte pagable para los bonaerenses por la noche -el subte cierra a las 22.00-. La huelga se debe a que mataron a un conductor. Esta es una ciudad peligrosa, y he visto a mucha gente con los ojos vacíos.

Dando un paseo por la calle Corrientes, mi amiga y yo vimos una Iglesia absolutamente gigante con un cartel: "Pare de sufrir". Por supuesto entramos. Y allí encontramos el asunto más increíble que podríamos haber imaginado.

Había gente sentada, como esperando para un acto, y tuvimos curiosidad por saber de qué se trataba. Nos acercamos al escenario y vimos a unos chicos muy jóvenes vestidos de traje, haciendo algo con la cabeza de un montón de personas que hacían cola para eso. Les cogían la cabeza y gritaban "Zaaaaaaaaaaaaaa!!!!" - o "sal", supongo que decían "sal", y que se referían a que saliera el mal-. Todos estaban bastante dementes. Yo me puse a grabar esta cosa con la cámara, hasta que un orangután me amenazó veladamente para que dejara de grabar. Es curioso, pero había unas diez personas de seguridad, muy grandes y con walkie talkies. Igualito que en cualquier Iglesia.

Siguió entrando gente y comenzó el acto, con unas tres mil personas. Se trataba de una especie de gurú loco e histérico que alternaba sus arengas con canciones de un pianista que cantaba cosas demenciales. La gente lloraba y gritaba. Eran personas de todas las edades. Todos muy creyentes y muy pobres.

El gurú empezó a decir que los asistentes habían venido desde muy lejos para calmar sus penas. Preguntó a personas del público desde dónde venían. Y realmente venían de lejos -aquí lejos no es de Cádiz a Santiago, sino del polo sur a Brasil-. Preguntó al público qué enfermedades tenían, y realmente tenían enfermedades muy serias. El discurso básico del gurú era que, para Dios, hacer un milagro es muy fácil. Pero que Dios, para ello, necesita una muestra de fe. Entonces el gurú gritaba "Tengo fe" y el público lo repetía.

¿Y qué muestra de fe necesitaba Dios? Una donación a la Iglesia. Hubo una frase monumental: "Cuanta más plata dejen más probabilidades hay de que ocurra el milagro". El gurú animó a los asistentes a que dejaran unos sobres con dinero y las fotos de sus familiares cerca del escenario. Y al menos un tercio del público tenía preparado ese sobre.

Lo bueno empezó con la canción que decía "Si al menos pudiera tocar el borde de ese manto". ¿El borde de ese manto? El gurú convocó a las personas con muletas, y a los que no podían andar, y a los que tuvieran las enfermedades más graves, para que se colocaran cerca del escenario. Yo pensaba que lo del manto violeta era una metáfora, pero en ese momento, el intérprete de canciones -que por cierto cantaba al estilo Bisbal- se puso más loco todavía con el asunto del manto, y un auténtico manto violeta de unos 500 metros cuadrados empezó a cubrir a los 3000 asistentes. No era una metáfora. El manto lo plegaban unos diez "obreros" -así los llamaba el gurú- que eran los mismos que al principio gritaban "Zaaaaaaaaaaaaaa".

El manto me cubrió a mí y a todos los demás. Era algo impresionante. La gente empezó a pedir su salvación a gritos. Pedían dinero, pedían justicia, pedían salud. Empezaron a llorar y a llorar, y algunos se afanaban en mojar el manto violeta con sus lágrimas.

Después vino todo lo demás, porque el manto había hecho el milagro. Las personas con muletas se subieron al escenario sin ellas. Los enfermos se sentían mejor. La niña que nunca había andado empezó a hacerlo.

¿Estos eran actores? ¿Personas sugestionadas? ¿Era el milagro del manto? ¿Qué era esto? No sé. Pero eran personas muy pobres y muy creyentes.

Por cierto la secta en cuestión se llama "Los diezmistas", y parece que hay más de una sede.

Después de esta basura, mi amiga y yo cometimos el acto más Amelie de mi vida: conseguir entrar en mi antiguo edificio, donde yo nací, y meter debajo de las puertas de sesenta casas mi "Carta para mis fantasmas", la que os envié en el mail anterior.

Yo estaba bastante nervioso porque aquí son justificadamente desconfiados y temía represalias. Pero salimos con vida. De momento nadie me ha respondido, ni creo que lo hagan. Aquí tienen serios problemas económicos, serios problemas de confianza, y no están de humor para atender a lirismos ni a las pequeñas cosas de la vida.

Después de esto tuve mi concierto. Aunque fue poca gente a verme por lo de los autobuses, estuvo muy bien para mí. Asistió Andrés Lewin (mi ultratocayo bonaerense que nació un mes después que yo a pocas calles de donde yo nací). Y claro, esto es muy conceptual. Le di un abrazo y me enseñó su DNI. Sólo pienso en conceptos y en asados. También vino una chica que estudió en mi mismo colegio, en un año posterior. Fue un concierto conceptual.

Tengo que explicaros, que yo he venido a Argentina a conocer y/o volver a ver a una serie de familiares: dos hermanos que no conozco, dos tíos y un padre en Buenos Aires que son muy mayores. Y un tío en Mendoza que también es muy mayor.

Esta crónica queda muy incompleta. O escribo lo que me pasa aquí, o vivo lo que me pasa aquí. Elijo la segunda opción, y un día terminaré la crónica, que será larguísima...

Me voy a la concha de la lora.

Chau.

23 de octubre de 2007

Videoclip de Luis Ramiro

Luis Ramiro, un gran amigo y un genio de la canción de autor, ha sacado recientemente su primer disco, llamado "Castigado en el Cielo". Ya hay un videoclip en youtube. Se trata del single, "K.O.
Boy".

Por cierto, yo salgo entre 1 min 03 seg - 1 min 06 seg, y en 1 min 58 seg (salgo sentado con la guitarra, y después haciendo que bajo unas escaleras). Espero que os guste!!!


27 de septiembre de 2007

Mi aventura de hoy



Os transcribo el mail que he escrito hoy a una editorial, y más abajo la respuesta que me han dado. No tengo personalidad litigante. Sólo ha sido mi aventura de hoy.


-----Mensaje original-----
De: Andres Lewin
Enviado el: lunes, 24 de septiembre de 2007 13:27
Para: "Biblioteca Nueva"
Asunto: Libro "Las Grandes Compulsiones" de Mauro Torres


Estimados señores,

Me dirijo a ustedes respetuosamente para exigir una explicación.

En una librería especializada en Psicología, he encontrado "Las Grandes Compulsiones, Prevención y Tratamiento", de Mauro Torres, cuya primera edición es de 2007. En sus páginas me he encontrado con lo siguiente:

1) La consideración de la homosexualidad como una compulsión.

2) Un tono marcadamente homófobo e insultante en referencia a este
tema.


En cuanto al punto uno, es importante recordar que la APA retiró la homosexualidad del DSM en 1973, y esta circunstancia resta todo valor académico y divulgativo al libro. La APA, además, recalcó que se había cometido un error, causado por un sesgo metodológico (considerar sólo población clínica), e hizo hincapié en que los profesionales hicieran un esfuerzo para desestigmatizar a los homosexuales. Lo honesto hubiera sido que en el texto que nos ocupa, se hubieran recordado estas circunstancias antes de emitir una opinión legítimamente contraria al DSM.

El segundo punto es más grave, puesto que estamos a día de hoy en un Estado que penaliza el insulto a los colectivos minoritarios, en base a la Constitución. Lo que he leído no se trata solamente de un ejercicio legítimo de libertad de expresión, sino de un insulto deliberado que excede las intenciones científicas del texto, con palabras como “invertidos”, “antinaturales”, etc., donde además se mete en el mismo saco a los homosexuales y a Hitler. Si bien estas afirmaciones son legítimas en un libro de opinión o en un humorista, no lo son en un manual pretendidamente científico. Le emplazo a que lea el capítulo sobre la homosexualidad de dicho libro, pero como resumen le transcribo sólo un pequeño ejemplo:

"¡Un gen mutado no natural para una alteración sexual antinatural!"


No hace falta tener muchas luces para comprender que detrás de esa frase hay desprecio, falta de respeto, insulto, y quizás delito.

Como profesional de la Psicología, tengo constancia del prestigio de su editorial. Por eso he lamentado especialmente este hecho, ya que me desanima a leer y recomendar sus libros, que hasta hoy tenía como referencia.


Existen asociaciones de defensa de los derechos de los homosexuales, como la COGAM y la FLGTB, de reconocimiento nacional y peso político, que estarán dispuestos a emprender las acciones que están en sus manos para impedir este tipo de situaciones. Si bien en el pasado no han logrado sentencias judiciales, sin duda han conseguido desprestigiar a instituciones, editoriales o cualquier otro organismo condescendiente con la vulneración de nuestros derechos constitucionales.


Quedo a la espera de su respuesta. Estaré profundamente agradecido de recibir una explicación.

Reciban un cordial saludo.

Andrés Lewin

___________________________

De: "Biblioteca Nueva"
Añadir a Libreta de direcciones
Para: "Andres Lewin"
Asunto: RE: Libro "Las Grandes Compulsiones" de Mauro Torres
Fecha: Mon, 24 Sep 2007 14:19:26 +0200


Estimado sr.Lewin:

Agradecemos mucho su escrito.Somos los primeros en lamentar que este libro esté en circulación.No compartimos sus tesis y desde luego hacemos sobre las mismas identicos juicios a los de usted.

Se trata de una edición que el autor ha hecho para sus amigos en Colombia.Por ello no pasó los correspondientes filtros por los que pasan todas nuestras publicaciones.Agradeceré su comprensión.Por nuestra parte tomamos todas las medidas para retirar del mercado los pocos ejemplares que se han distribuido.Le pedimos disculpas en nombre de este viejo sello editorial que tantos titulos de prestigio viene publicando desde hace mas de 100 años.


Cordialmente

Antonio Roche

Director

8 de abril de 2007

Pequeña lección interactiva de historia



Paul Tibbets lanzó la bomba sobre Hiroshima a 9.60 km de altura. He captado en Google Earth la imagen de Hirosima a 9.50 km de altura (no he podido afinar más), para intentar verlo como lo vio él antes de apretar el botón.

Hiroshima está justo en las letras en japonés que veis en la imagen (haced clic en la imagen para verlo mejor). Imaginad que pilotáis un B29, y apretad el botón sobre Hiroshima. Hacedlo tantas veces como lo necesités. Intentad poneros en la piel de Paul y sentid lo que él sintió. Os doy algunos datos para que lo consigáis: el coronel Tibbets bautizó al B29 que pilotaba con el nombre de su madre (“Enola Gay”), y a la bomba la llamó "Pequeño muchacho" (“Little boy”).

El 6 de agosto de 1945, el cielo de Hiroshima estaba radiante. A las 8.15 am el Enola Gay dejó caer la bomba atómica sobre el puente Aioi, centro geográfico de la ciudad. Sus habitantes, acostumbrados a ver pasar los B29 sin descargar sus bombas sobre ellos, se vieron sorprendidos por aquella gran explosión que en escasos segundos arrasó la ciudad en un radio de tres kilómetros.

Tibbets, como casi todos sus viejos compañeros de la fuerza aérea norteamericana, siempre dijo que no tenía ningún remordimiento por el ataque a Hiroshima, tanto que en 1976 participó en un vuelo "conmemorativo" que provocó mucho escándalo. A bordo de un viejo B-29 completamente restaurado, el piloto del "Enola Gay" simuló el lanzamiento de una bomba nuclear durante una manifestación aérea en Texas. Frente a 40.000 personas, apenas la falsa bomba tocó tierra, un grupo de expertos en explosivos creó un estallido en forma de hongo semejante al que devastó Hiroshima. La administración norteamericana respondió con disculpas a las protestas del gobierno japonés. Tibbets, en cambio, dijo no comprender "el motivo de todo ese escándalo".

El piloto, hoy un general nonagenario y retirado, sigue justificando el uso de la bomba atómica como única solución para poner fin a la Segunda Guerra Mundial, convencido de que las bombas atómicas salvaron más vidas de las que costaron.

Sms de amor



Ayer te mandé un beso. Ha cruzado España a través de cultivos, varios bosques, una catedral, la casa de Ana, ha acortado por carretera, y te acaba de llegar.

20 de marzo de 2007

Biografía de Luis Ramiro


Quiero dejar constancia aquí de la maravillosa biografía de Luis Ramiro escrita por Jesús Sarabia.

Jesús Sarabia también es el responsable de mi biografía, que aparece en mi web, y del diseño del disco Castigado en el Cielo que veis a la izquierda de estas líneas.




ACERCA DE LUIS RAMIRO (NO AL ESPANTAJO)

Hola, buenos días. Estoy cansado. Luis Ramiro no es Andrés Lewin. No, no lo es. Ambos sobrevalorados seres se conocen, incluso cabría decir que tienen ciertos vínculos afectivos. Dado que tuve alguna vez la mala fortuna de cruzarme en el camino de estos atávicos y/o conductualmente aviesos ciudadanos, hoy comenzaré, con este escrito que ahora comienza, la serie de moralizantes e hiperestéticas biografías de estilo neoclásico que tratarán de mostrar a la mayor cantidad de gente posible el enorme fallo que tuvo nuestro gran creador al concebir la existencia de estos petulantes personajes. Ahora hablaré de Luis, esto es lo que haré en las líneas que siguen a esta breve y especialmente lenguaraz introducción, pues considero que esta es quizás la última oportunidad que se me brinda para hacer las cosas bien, y no mal.

Es normal que alguien, por ejemplo, que en este preciso instante, por la tarde, en un lugar cualquiera, en el que lee estas amables palabrotas, pueda quedarse estupefacto, que no tumefacto, al oler el olor a putrílago que desprende la desesperada enumeración de excelencias y, ¿por qué no?, miserias, que se adhieren como asquerosas acelgas en la espalda- metafóricamente hablando, claro-, de Luis, el magnate del linóleo.


PARTE PRIMERA

Luis nace, aproximadamente, un feliz día de octubre de 1970, a la edad de 13 años. En aquel preciso instante, un gigantesco asteroide pasaba demasiado cerca de nuestro planeta, advirtiéndonos de algo.

Su queridísima por mí madre, así como su ultrapreciado por mí, y superbienintencionado padre, el cual asistió al parto del asqueroso cantautor, quedaron estupefactos, que no tumefactos, al observar que el repugnante bebé nacía portando un cuchillo entre los dientes. La matrona sonreía, según el testimonio de su auxiliar, reflejado en el parte del parto, con una malévola sonrisa, más propia de una zorra de Satán, o de un cazador furtivo, que de una profesional de la medicina.

Debo hacer las cosas más o menos bien, pues se me encoge el corazón ante la posibilidad de hacerlo mal.

He explorado innumerables países a lo largo de mi larga existencia, pero no encontré ¡jamás! Criatura de Dios más demagógica y espinosa que Luis el cantautor.

Luis comenzó su caminar por esta grotesca vida que nos tocó vivir, con unos alicates, como dije antes; pronto comenzaría la debacle.

A mi juicio, su precoz afición a los negocios es un dato muy significativo acerca de su personalidad. Luis es esa clase de persona incapaz de pedir perdón al que lo necesita y de situar su mano sobre el hombro del desperado, ni siquiera prestará ¡nunca! apoyo logístico a un amigo que arruine sus nalgas pateando las calles de esta maltrecha ciudad con el fin de prestar algún servicio al fétido cantautor.

Luis hizo una fortuna con la industria del linóleo. Ten por seguro, amigo lector, que tus hijos, así como los míos, darán sus clases de educación física sobre el suelo fabricado por L.L.L. (Linóleos Luis Luis). Esto le otorga un poder que difícilmente podremos soportar.

Yo nací con él. Nuestras madres parían a la vez y en el mismo lugar. De hecho, apretaban la una contra la otra las plantas de sus pies. El salió unos segundos antes. Cuando conseguí sacar mi cuerpo del de mi madre, Luis me saludó y me dijo estas palabras que no olvidaré jamás: “Te voy a putear hasta que revientes”. Mi vida, entonces, es un infierno desde el comienzo, gracias al funesto personaje al que van dedicadas estas frases.

Se puede decir que Luis ha consagrado su vida a agobiarme, esta es su principal obsesión, y por tanto, también la mía.

Yo soy una persona débil, si bien de rasgos abruptos, aunque agradables.

Yo conseguí montar en moto algunas veces, he terminado un ciclo de grado superior, fui una pequeña leyenda del instituto durante mi especialmente breve adolescencia.

Pero, a pesar de todos estos inmensos logros, que me situarían en un lugar de honor dentro del sistema meritocrático, no consigo sentirme bien. Cuando cierro los ojos, prácticamente siempre aparece la imagen de su carnosa nariz, más amenazadora que la mirada inexpresiva y criminal de un varano, algo de lo que, por otra parte, también está dotado.

Edulcora cualquier velada con cualquier vulgar tonada. Nunca toca tralla, y a mí eso me ralla. ¡Dios!, lo que daría por aplastarle en una plaza gracias a la fuerza de mi vigoroso pecho.

Todo esto que dije antes, ¡y me refiero a todo!, pretendo que sea una advertencia para nuestras más jóvenes generaciones ¡Para tus hijos, lector! Para que sepan que nunca hubo hombre tan lobo para el hombre como Luis el magnate del linóleo.

Me obligan en este momento a decir que Luis Ramiro tiene un espacio cibernético donde cualquiera puede llenar su cabeza de imbécil información acerca de su persona: www.luisramiro.com También me obligan en este preciso instante, mediante muy sutiles métodos, a decir que Andrés Lewin recomienda visitarlo.

Jesús Sarabia

15 de marzo de 2007

Solucionar problemas


Yo estaba en un segundo piso de la calle Gran Vía, a la altura del Vips llegando a Plaza de España. Pero donde yo estaba, en lugar de pared había un gran ventanal que daba a la calle. Desde el ventanal yo veía mucha gente yendo y viniendo, porque era hora punta. De repente descubrí que en una mesa había un ratón de ordenador, y empecé a moverlo. El ventanal era de tal naturaleza, que no sólo era un cristal transparente, sino también una especie de pantalla de ordenador. Los movimientos que yo hacía con el ratón, se reflejaban en el puntero, que se movía en el ventanal-pantalla.

Al principio jugué a perseguir con el puntero a la gente que pasaba por la calle, y no sabía qué interés podía tener que la ventana fuera una pantalla de ordenador. Pero en cierto momento pulsé el botón derecho del ratón sobre una de las personas que pasaba, y para mi asombro, apareció alrededor de esa persona una especie de aura de color verde. Y no sólo eso, sino que en el ventanal-pantalla se abrió un desplegable con varias opciones. Una de las opciones del desplegable era "solucionar problemas". Hice click en "solucionar problemas" sobre esa persona, y el aura verde tuvo una vibración intensa y desapareció elevándose. Había solucionado sus problemas.

En ese momento me di cuenta de que yo estaba en un sueño, porque aquello era demasiado excepcional como para suceder en al vida real. En estos casos, la ciencia no ha determinado si durante el sueño uno sabe que está soñando con la consciencia y la lucidez propias de la vigilia, o si el hecho de ser consciente de que uno está soñando sólo es parte del sueño, y se tiene una sensación ilusoria de consciencia y lucidez, que no son reales. Pero da igual cómo funcione el asunto, el caso es que yo me di cuenta de que estaba soñando, pero creía que a pesar de ser un sueño, la gente que estaba viendo pasar por la calle era gente que existía en el mundo real, que de alguna manera se había colado en mi sueño, y que yo podía solucionar sus problemas reales en ese momento. Sus problemas no existirían, a la mañana siguiente. Se trataba de una especie de oportunidad única que me había sido concedida sólo durante el tiempo que estuviera soñando. Así que me puse manos a la obra, deseando qu! e no sonara el despertador.

Durante el sueño, me convertí en un ser super-humanitario, e intenté solucionar los problemas de la mayor cantidad de personas posibles. Empecé a perseguir a la gente con el ratón, después botón derecho, aura verde y desplegable, "solucionar problemas", vibración y elevación del aura y a por otra persona. Había un detalle interesante: si las personas andaban demasiado deprisa no se les ponía el aura verde al hacer click sobre ellos, y yo no podía ayudarles. Estaba obsesionado por captar a los extranjeros, pero éstos andaban muy deprisa, y no conseguí coger a ninguno. Sin embargo, me era fácil captar a parejitas que andaban despreocupadas y cogidas de la mano, y a señoras mayores con abrigos de piel que andaban despacio (a las que, en la vida real, siempre les recuerdo que llevan un animal muerto encima). En principio aquella situación me pareció muy injusta, pero después recordé que yo alguna vez paseé por Gran Vía cogido de la mano con alguien, y que a pesar de eso yo tenía! problemas que solucionar. Y recordé que alguna vez mi madre llevó un abrigo de bisón, y que ella tenía problemas que solucionar. Así que seguí adelante.

Poemas de amor y comida




La imagen de arriba refleja la quintaesencia de estos poemas que escribí en 2006. Espero que os gusten.


AMOR DESIGUAL

Desde que te conocí
en mi ventana se posa una gaviota,
y en la tuya un pangolín.


GENTE ENAMORADA

Me voy cayendo
por el túnel oscuro de gaviotas
que me lleva a la zona más sangrienta de Bagdad.
Voy de la mano del coronel amigable y asesino
que me da la plasta con su historia de amor más tierna que la mía.
Acto seguido revienta en mil pedazos,
y yo no.


COMIDA ARGENTINA

Cuando te vas,
mi barrio se hace pequeño,
se derrumban los edificios
y desaparecen mis vecinos.
Al final solo queda mi casa,
y descubro que mis vecinos
se han amotinado en la cocina.

Y se comen mis empanadas.

No les daré mis trucos.



LA SOLUCIÓN

Por la calle,
todos los chicos son más guapos que mi novio.
Pero el más guapo de todos,
el que duerme a mi lado,
un día pasó por la calle.

No quisiera leer en sus ojos un adiós.

Por eso hemos pintado mi habitación con tráfico,
semáforos
y estaciones de metro.


LA CAMA MALACOSTUMBRADA

El día que te comí la polla en aquel parque,
cuando volví a casa,
mi cama había cambiado de sitio
(malacostumbrada a tener porno en vivo,
esta vez no quería perdérselo).
Pero no pudo pasar por la puerta.



CEMENTERIO DE BESOS

Por cada beso perdido
hay un pequeño ataúd.

En la lápida está el nombre
del que quiso dar el beso
junto al nombre
del que quiso recibirlo.

Para los besos unidireccionales,
esos que sólo tienen remitente,
las autoridades gastan menos dinero.

Suelen acabar en fosas comunes.



AGUJERO

Hay una cosa
que va de tu casa a la mía
pasando por la panadería
y dejando un agujero.

Llevo una semana intentando escribir una nana
pero me duermo.



VOY A

Voy a empezar un diario.
Voy a ir al gimnasio.
Voy a dejar de fumar.
Voy memorizar el diccionario.
Y entre plan y plan, espero vivir un poco.

Alguien debería catalogar este trastorno.
Cargador

Tengo miedo.
Estoy cargando miedos.
Tengo miedo a tener miedos
porque me han dicho que el miedo engorda y mata.



ENTREVISTA

-Háblanos de tu futuro ¿Qué proyectos tienes en la actualidad?
-Seguir viviendo, y procurar no perder la vida, y procurar conseguir
cosas placenteras para mí, respetando las leyes.
-Según nos han informado, hace poco has tenido un desengaño amoroso.
¿Cómo te encuentras al respecto?
-Estoy irremediablemente mejor, y eso me produce una gran tristeza.
-Muchas gracias, ha finalizado la entrevista.
-Gracias a vosotros por llamarme.



MIS AMIGOS

La amistad es lo único que permanece.
El amor, sin embargo,
tiene escrito su final desde que empieza.
Amigos, pedidme lo que queráis,
que yo hablaré con mis contactos de las altas esferas,
en alguna petit comité,
para que muevan los hilos a gusto de todos.




GIMNASIO SIN ARDILLAS

Necesito endorfinas.
A partir de hoy no voy a parar de correr.
Como en el parque hace frío,
me he apuntado al gimnasio.
He corrido media hora en la cinta
y he estado otros diez minutos con la bicicleta.

En el parque hay ardillas.
He visto que en el gimnasio no las hay.
Un día me persiguió una ardilla durante diez segundos.
Finalmente paré en seco y me di la vuelta,
nos miramos a los ojos y la disuadí.

Al salir del gimnasio he tenido un pequeño mareo.
Hacer deporte nunca ha entrado en mis planes.
Me acordé de la canción de Calamaro que dice
"Yo te prometí hacer deporte pero era una mentira para robarte un tal
vez".
Calamaro es un genio,
no puede estar más claro.

A la salida del gimnasio,
confundí al señor que pica los tickets con una ardilla.
Le di el pan que tenía preparado y se lo comió.



EL INCREIBLE INCIDENTE DE ONDA SEIS

Me costó mucho superar mi miedo escénico.
Hoy puedo anunciar
que ya no necesito Válium

¡Pero qué grandes momentos hemos vivido juntos!

Las televisiones siempre me han puesto muy nervioso.
En aquella ocasión,
faltaban 10 segundos para entrar en directo.
Yo no quise que los presentadores y los cámaras se dieran cuenta,
y decidí tomarme mi válium de manera resuelta,
natural,
como si me estuviera comiendo un caramelo.
Para conseguir ese efecto
me lo lancé alegremente a la boca
(en lugar de introducirlo cuidadosamente bajo la lengua).
Pero sucedió que el válium rebotó en un diente,
y cayó en medio del plató,
ante la mirada estupefacta
de los dos presentadores,
los dos cámaras
y mi manager,
que sabía que era un válium
y fue corriendo a recogerlo
y fue captado por las cámaras
que en riguroso directo
le grabaron agachándose y diciendo
de manera silenciosa y clandestina,
"no me lo puedo creer"

Yo creo que los demás asistentes a la escena pensaron
que se me había caído un diente.


Mientras cantaba mi canción,
no pude evitar reírme.

Según el resto de asistentes a la escena,
me reí con un diente menos.

Gracias, Válium,
por todos los buenos momentos que hemos pasado juntos.

Amén.


RECETA DE POLLO HINDÚ

Esta receta está concebida
para dos o tres personas.
Nunca comer en solitario
ni en reuniones de más de cuatro personas,
o el pollo explotará.

Se compra media pechuga de pollo en la pollería.
Se le pide al pollero que el pollo no tenga gripe aviar.
Se le pregunta si han disminuido mucho las ventas de pollo.
Si dice que las ventas han disminuido le preguntaremos “¿Puedo comerte
la polla?”
y los acontecimientos irán indicándonos los pasos a seguir.
No hay que descartar la posibilidad
de tener un incidente desagradable con el pollero.

Si el pollero dice que no han disminuido las ventas de pollo,
le pedimos que trocee la pechuga en cubitos,
ya que queremos hacer una receta oriental.
Si notamos en su cara que le ha parecido excesivo comentarle
que vamos a hacer una receta oriental,
le preguntaremos "¿Puedo comerte la polla?",
y los acontecimientos irán indicándonos los pasos a seguir.
No hay que descartar la posibilidad
de tener un incidente desagradable con el pollero.
Tampoco hay que descartar la posibilidad
de tener una interacción agradable con el pollero.

Llegamos a casa y decidimos destruir la antena de televisión.
Empezamos a pensar en otras alternativas,
como la radio,
o hacernos socios de un videoclub magnífico.
Nos ponemos a sofreír dos cebollas.
Durante la cena podremos relatar qué ha pasado con el pollero,
cómo se desarrolló la acción,
etc.

Es recomendable servir el pollo
exclamando “¡Vengo de Paris!”


AHÁ...

Ahora estoy muy ilusionado con mi carrera.
De repente la valoro mucho más que antes.
Lo malo es que llego a casa y mi gato suelta mucho pelo.
También es difícil cortarle las uñas porque muerde,
pero dentro de poco le empezaré a drogar.
Mi gato es muy bonito y le quiero.
Su belleza es su salvoconducto, y también Emilio es su salvoconducto.
Siempre le digo que tiene un pie en la calle,
que como siga así le dejaré fuera
y tendrá que pelearse con otros gatos,
pero él no me hace caso.
Es como un adolescente conflictivo.
No importa.

Con el programa de puntos de MoviStar me han dado un móvil nuevo.
Pero no lo uso,
porque no conserva los mensajes de Emilio
y eso me pone triste.
Y un teléfono móvil
no debería ponerme triste.

Hoy en el supermercado
me he comprado una "raqueta eléctrica exterminadora".
Es una raqueta para matar mosquitos, moscas y "pequeños animales",
tal como dice el plástico que la envuelve.
Bueno, en realidad estaba con unos amigos
y compramos varias raquetas,
algunas para nosotros
y otras para regalar.
Es un objeto increíble.
El concepto de matar moscas a raquetazos es sorprendente.
Una mujer nos vio llevarnos muchas raquetas y no lo entendió.
No importa.

Echo de menos a Emilio.
Me paso en el transporte público una media de cuatro horas al día.
Emilio está en Turín,
y me gusta pensar que me está echando de menos.
Ojalá fuera cierto.


He limpiado las ventanas por fuera y las persianas.
He dejado mi casa muy limpia.
Tengo un horario de clases muy bien organizado,
y una tabla de adelgazamiento muy bien organizada.
Mis amigos me dicen que estoy muy organizado.
Algunos creen que ya no soy un artista
y yo les digo que sí.

Tengo sueño,
todo el día tengo sueño.
Suelo pedir café "con muy poco café".
Si me tomo un café normal me pongo muy nervioso.

Mi tendencia general a ser mejor persona
supone dormir una media de seis horas al día.
La conclusión es que si se duerme seis horas,
se tiene sueño.

A veces me duermo.
Me despierto
y me como una zanahoria.

Últimamente tengo ilusión por todo.
Me siento bastante optimista.
No quiero pensar que voy a la deriva
empujado por los neurotransmisores de mi mente.
Quiero pensar que lo estoy haciendo yo.
Pero eso sí,
por las noches siento tristeza.
Me acuerdo mucho de mi madre.

Menos mal que Emilio está en Turín
echándome de menos.



ME EXPANDO

Me expando.
Me expando como el Universo.
Dicen que he engordado.
Es verdad que llevo mucho tiempo expandiéndome a lo ancho,
pero ahora también he decidido viajar,
conocer nuevos horizontes.
Me espera esta maravillosa España,
este crisol, esta amalgama de culturas,
este cruce de raíces, piedra en el camino y ardillita en el árbol.
Y osos y lobos y ovejitas,
animales de amor.
Necesito saber cómo nació la expresión “Ancha es Castilla”.
Y me inquieta pensar qué opinan los rusos de todo esto.

No nos olvidemos tampoco de ese parquecito en Pamplona
donde los animalitos conviven en paz y armonía.
Cuando veo el telediario me entran ganas
de lanzarme con ellos.

No estoy seguro de si a la inversa,
cuando ellos ven el telediario
tienen ganas de lanzarse hacía mi.
Yo espero que no
y supongo que no,
y aunque tendrían motivos para hacerlo,
ellos no ven el telediario.

Y además yo vivo en Madrid.

Adoro la comida japonesa.
Tengo una especial relación masoquista
con la cosa verde de rábano.

Veréis que hablo mucho de comida.
Pensaréis que es prosaico y glotón.
Pero en mis viajes he descubierto
que la gastronomía también es cultura,
y los veinte kilos que me sobran
son veinte kilos de cultura.

¿Podía yo negarme a conocer los platos típicos de cada lugar que he
visitado,
teniendo en cuenta además que nunca pagué nada?

Puedo decir
que he vivido al límite.
Quizás el momento más extremo
lo protagonicé en el hotel de Barcelona,
cuando aprovechando el buffet libre de desayuno
me comí para desayunar
treinta choricitos.



EL FIN DE LA GRASA

Hoy me enfrento a mis pasiones
con la fiereza de un guerrero:
salgo a la calle con un tupper
lleno de zanahorias peladas,
y me las como.

Es el fin de la grasa.

En este día para la historia,
voy a hacer un homenaje emocionante
a los pilares fundamentales
de mi pasado.

La fiesta de la palatabilidad

En la industria alimentaria,
se usa el término palatabilidad
para designar aquellos alimentos
que en contacto con la lengua
producen una sensación de placer,
y su característica fundamental
es que contienen grasa,
de modo que,
según la industria alimentaria,
sólo lo que tiene grasa es palatable,
y sólo lo que es palatable está bueno,
y por tanto,
sólo lo que tiene grasa está bueno.

Y ésta fue mi guía
en los días de incertidumbre.


LA DEBACLE ALIMENTICIA

El remedio a mi tristeza
eran dos pizzas familiares
con extra de queso
y un mínimo de tres ingredientes,
que en ningún caso podían ser pimientos
o ninguna otra verdura.
Al terminar con todo era habitual
tumbarme en el sofá
para lamentarme y repetir
"qué arrepentimiento,
qué arrepentimiento".

El día de la Gran Debacle,
que hoy recuerdo
con una mezcla de pavor y nostalgia,
tuve que abrir la mesa del salón como si hubiera invitados,
porque además de las pizzas,
hubo fuet,
patés,
hamburguesas,
batido de chocolate,
patatas fritas,
Coca Cola,
pasteles variados,
una baguette
y una palmera de chocolate blanco.

Y éstos eran mis compañeros
en los días de soledad.


La Balada de la grasa.

Del mismo modo que una balada
es una forma musical
sosegada y tranquila,
la Balada de la grasa
tenía orden,
armonía
y grasa.

La preparación casera de alimentos,
(siempre y cuando engordaran mucho)
traía la calma
en los días de angustia.


La Operación Tonelada.

Era imprescindible
dejar panceta en la nevera,
tocino,
una lata de fabada
y calamares fritos.
Al volver a casa
a las cinco de la madrugada,
quizás un poco abrumado por el alcohol,
ésta era mi compañía,
ésta era mi luz,
ésta era mi alegría
en los momentos de tristeza.

Quiero dar un saludo afectuoso,
cariñoso y palatable
a Jose,
por compartir y desarrollar conmigo
la alegría de estos conceptos.



VENDO AMPLIFICADOR DE BAJO

A un amplificador de bajo
se le pueden conectar otros instrumentos,
no solamente un bajo,
sino también una guitarra eléctrica
o un teclado.

Debido a la unión emocional que tengo con mi amplificador,
no lo venderé si lo queréis conectar a una ocarina.



MEMORIA

Viene a mi memoria
el mar sacudiendo la puerta
y alguien que no podía oler
sepultándose en rosas.


TRATO

Corazón:
puesto que seguirás bombeando mi sangre para que yo viva,
y puesto que te otorgaré mi sangre para que vivas,
he pensado que deberíamos ser amigos.



CONVERSACION EN LA COCINA

-¿Has echado el agua de la lluvia en el puchero?
-Sí.

Me conocéis por un misil



Los que me tenéis aprecio, los que pensáis que soy imbécil, los que habéis disfrutado con alguna canción mía, los que habéis pasado por mi vida un segundo o varios años, los que os habéis cruzado conmigo sin saberlo, los que tenéis mi teléfono móvil, los que no tenéis mi teléfono móvil, todos, me conocéis por un Scud.

En la foto de arriba podéis ver el misil Scud junto a un hombre para comparar tamaños. El misil Scud tiene unos 13 metros de largo y pesa cerca de nueve toneladas. Alcanzan algo más de 600 kilómetros, son de fabricación soviética y fueron mejorados en la Guerra del Golfo para transportar cargas de hasta 300 kilogramos de explosivo. Yo soy un efecto colateral de esos misiles.

Al amanecer del 2 de agosto de 1990, las tropas iraquíes cruzaron la frontera de Kuwait. La Primera Guerra del Golfo, también llamada “Operación Tormenta del Desierto” (antes los nombres de las operaciones eran un poco menos grotescos que ahora), fue el enfrentamiento entre Irak y una coalición internacional, compuesta por 34 naciones, debido a la invasión iraquí al emirato de Kuwait. El 16 de enero de 1991, la coalición liderada por Estados Unidos y bajo mandato de la ONU, atacó al ejército invasor.

La madrugada del 17 de Enero, Irak comenzó a atacar a Israel. Por esas fechas yo vivía allí.

Mis abuelos paternos nacieron en Polonia. Mis abuelos maternos nacieron en Turquía. Por las diferentes guerras, todos ellos se fueron a vivir a Buenos Aires, donde nací yo. Cuando tenía diez años mi madre me trajo a España, junto a un hermano mío. Una de las mejores decisiones de su vida. Y en España, yo hice un retrato de Carlos, con un estilo muy daliniano. Porque Dalí había muerto, y al ver las imágenes de sus obras en el telediario, me entraron ganas de pintar.

Tras dos años en España, mi madre pensó que teníamos que vivir en Israel, siguiendo el movimiento internacional contrario a la Diáspora. Ese movimiento, cuyo nombre ahora no recuerdo, es el retorno de los judíos a su tierra, siglos después de ser expulsados y diseminados por todo el mundo. Y allí nos fuimos. El retrato de Carlos se quedó en manos de un jurado.

Yo tenía 12 años y llevaba tres meses en Israel. En el colegio, recibí una máscara de gas, aprendí a ponérmela, la profesora nos llevó de visita a los búnkers, y nos enseñó a identificar el sonido de las alarmas.

A las dos de la madrugada del 17 de enero sucedió el primer ataque de Irak sobre Israel. Los Scud cayeron sobre Tel Aviv. Alrededor de 500 residencias que albergaban a 1400 personas fueron destruidas. Los hospitales estaban preparados para recibir muchos heridos y víctimas, pero cuando llegaron vertiginosamente las ambulancias, descubrieron que la mayoría de las personas que habían sido afectadas podrían haberse atendidos por sí mismas. Algunos rasguños de vidrios rotos, torceduras o magulladuras leves. Todos se miraban extrañados. Hasta la gente más incrédula y los ateos pensaban que aquello se trataba, sin duda, de un verdadero y enorme milagro.

A la mañana siguiente Irak apuntó y disparó otros 5 proyectiles sobre Tel Aviv. Durante las seis semanas siguientes, 39 proyectiles cayeron en diferentes ciudades de Israel. Se derrumbaron rascacielos, pero hubo un sólo muerto israelí en esa guerra.Cuando cayó la primera oleada de misiles mi madre estaba en España haciendo unos trámites relacionados con nuestra permanencia en Israel. Yo tenía mi máscara de gas, mis nuevos amigos, me defendía bastante bien con el hebreo, y el Estado de Israel nos había dado una casa. Pero esa noche, la del 17 de enero, mi madre decidió que no debíamos vivir allí. Cogió el primer avión para Israel y me devolvió rápidamente a España, abriendo algunas heridas.

Cuando la vi llegar y me dijo que nos volvíamos a España a toda prisa, lo que más me importaba era la noticia de que yo acababa de ganar un premio entre 90.000 niños de Madrid. El concurso se llamaba Expo Ceb, y consistía en retratar a un compañero de clase. Yo retraté a Carlos, el primer chico en el que pensé al masturbarme. Antes había pasado por una única semana de heterosexualidad, en que dedicaba mis pensamientos a Eva. Pero pronto descubrí que pensando en Carlos tardaba menos. El retrato daliniano de Carlos me proporcionó, a los 12 años, 25.000 pesetas y honor en mi colegio. También me sacaron en un periódico local. Imaginaros mi alegría. Mi madre, mientras tanto, estaba muy asustada y reflexionaba sobre el error de intentar vivir en un país en guerra permanente.

Pocos días después, el 28 de Febrero de 1991, Sadam Hussein se rindió. Las paredes de mi clase en Madrid estaban llenas de carteles que mis compañeros me habían dedicado por llevar ese renombrado premio al colegio San José. El mundo tenía una guerra menos. Carlos estaba muy guapo y yo quería llevar a la práctica lo que sucedía en mis pensamientos. Nunca lo llevé a la práctica con él, y perdí la virginidad a los 18 años con un chico de 20 que conducía ambulancias en Londres. Y en Londres, perdí un avión. Pero esa es otra historia.

Tú que me lees ahora y me conoces, si estás contento de haberme conocido, dale las gracias a Sadam. Si no fuera por él, muy posiblemente, hoy no sería español sino israelí, y no me conocerías.

P.D. 1: algunos datos de esta historia pueden ser erróneos por fallos en mi memoria o por las versiones recibidas, pero en esencia, fue más o menos así.Un abrazo de un español en la Diáspora

P.D. 2: Más sobre la Diáspora judía:http://es.wikipedia.org/wiki/Di%C3%A1spora