14 de noviembre de 2008

Crónicas de América: mis hermanos





Este relato está basado en hechos reales. En la foto de arriba estoy con mis dos sobrinos y su padre (es la foto mencionada en el relato). En la foto de abajo, un sandwich mixto del Imperio y detrás de la ventana, la esquina de la calle Canning con la calle Corrientes (Buenos Aires).


EL COLONIZADOR AGRADECIDO

Hace diez años, busqué los teléfonos de mis hermanos en Buenos Aires.

Después de tachar a todos los Lewin que encontré en la guía telefónica, asumí que nunca conocería a ninguno.

- No conozco a tus hermanos.

Los Lewin, la rama polaca de los descendientes de la tribu judía de Leví, todos al teléfono:

- No conozco a tus hermanos.

Pero un día conseguí entrar en un edificio oficial. Recuerdo que era decadente y tenía unas escaleras descomunales. Parecía que allí se había detenido el tiempo junto al corazón de algún antiguo general. Al final de las escaleras, apareció un señor muy de otro siglo, con una escarapela enorme en la solapa. Y me acordé de cuando el siglo pasado yo era niño, y llevaba una escarapela en el guardapolvos de la escuela, y juraba cada mañana la bandera.

Hablé con el señor antiguo, y me contó que buscar familiares era un trámite que llevaba mucho tiempo. Pero a mí me quedaban solamente dos semanas más en Buenos Aires. Por eso, le rogué que me hiciera el favor de acelerar el proceso. Lo hizo, y cerró el asunto extendiendo una mano con un papel manuscrito, y calló mi agradecimiento con una frase inolvidable:

- Para que le cuentes a los colonizadores lo bien que te han tratado los indígenas.

Me guardé muy bien ese papel. Había conseguido las direcciones de mis dos hermanos por parte paterna: Claudio y Andrea Lewin.



UN DIA DE JULIO DE 1998

Cuando llamé al timbre de Andrea Lewin, no bajó mi hermana sino un hombre que decía ser su marido.

-Mostrame tu cédula de identidad.

Me pareció lógico que ese hombre me pidiera identificación, porque mi historia era inverosímil. Se la mostré.

- Es verdad, sos un Lewin. Mirá, tu hermana no quiere verte.
- ¿Por qué? Sólo quiero tomarme un café con ella.
- Disculpá, pero no tiene una buena relación con su papá.

Su papá, mi papá, nuestro padre común. Parece que la sombra de Jacobo Lewin me estaba tapando a mí.

- Tomarnos un café, ¿no sería posible?
- No.

En ese día de julio de 1998, en alguna cafetería de Buenos Aires, hubo dos cafés que estaban destinados a nosotros, pero se los tomaron otras personas.

Ya no intenté conocer a Claudio.

El papel con las direcciones de Claudio y Andrea se quedó diez años en una carpeta, en el fondo de un baúl, en una habitación de una casa de Madrid.



UN DIA DE JULIO DE 2008

Diez años después, yo estaba de nuevo en Buenos Aires. Me desperté temprano y desayuné con dos facturas de ricota y dulce de leche. Cogí el papel del general criollo, lo doblé cuatro veces y me lo guardé. Según ese papel, mis dos hermanos vivían en la misma calle. En el 74, y en el 451. Me dirigí hacia allí.

En Buenos Aires no había monedas. Yo llevaba en el bolsillo un montón de billetes, pero con eso no podía pagar el colectivo. Pregunté por qué nadie tenía cambio. Todos me contestaron que no se sabía, y que el gobierno tampoco lo sabía, y que simplemente, las monedas habían desaparecido.

Alguno de los seres inmersos en el surrealismo que vive por allí, me había contado que las monedas se fundían para vender su metal. Y que el material resultante se vendía más caro que la moneda del que procedía. No entiendo mucho de economía, pero eso no debe ser bueno. Ya sé por qué Argentina significa Tierra de la Plata. Allí, la plata es un tema muy importante. Pagué el colectivo con un billete.

Llegué al número 74 de la calle de mi papel arrugado. Era la posible casa de mi hermano. Pregunté al portero en qué piso vivía Claudio.

- Llevo acá muchos años, y no conozco a ningún Claudio.
- ¿Pero cuántos años llevas aquí?
- Muchos años.

No insistí.

Me puse a andar hacia el número 451 de la misma calle, donde estaba la posible casa de Andrea Lewin. Lo recordaba todo. Yo ya había hecho ese recorrido. Mientras andaba, de una nube se desprendió la palabra “Edificio”, y calló rodando a mis pies.

Llamé al portero del 451 y le conté mi historia completa. Después de quedarse en silencio un buen rato, me dijo con claridad:

- Andrea vive en el 3ºB.

Me sonaba mucho. El 3ºB. Hacía diez años, era allí donde vivía mi hermana.

Llamé al timbre, y una mujer me dijo que allí no vivía ninguna Andrea Lewin, y que no conocía a ninguna Andrea Lewin. Pensé que quizás Andrea Lewin me estaba diciendo que ella no vivía allí.

Me puse a llamar sistemáticamente a todos los pisos del edificio, desde el primero hasta el noveno, preguntando por Andrea Lewin. Nadie sabía nada o no querían saber.

Iba por el sexto piso, cuando salió a la calle un chico que rondaba los veinticinco años.

-¿Qué pasa?, ¿Qué estás buscando?

El chico estaba visiblemente nervioso. Yo le expliqué toda la historia. Le conté que hacía diez años había llamado a esa misma puerta, y que bajó el marido de Andrea, y que Andrea no quiso verme porque creía que yo era un emisario de mi padre, pero que en realidad yo no era eso, y que sólo quería tomarme un café con ella para conocerla.

El chico solamente negaba y miraba al suelo, y negaba y miraba a mi derecha por encima de mi cabeza. Yo también miraba por encima de su cabeza, porque había una mujer varios metros detrás de él, y yo intentaba encontrar en ella mis rasgos.

- Acá no vive esa mujer. Nosotros vinimos a vivir acá hace dos años. Yo no sé nada. A lo mejor se fue a Estados Unidos cuando empezó la crisis. Preguntá en la inmobiliaria.

Yo insistí, sabiendo que quizás le estaba contando mi historia de locos a un desconocido que no tenía nada que ver con Andrea Lewin, y que posiblemente me estaba percibiendo como a un demente o a un ladrón.

A pesar de mis intentos, el chico sólo quería que me fuera. Le dije que seguiría llamando a los pisos que me faltaban, del sexto al noveno, y me advirtió que conocía a todos los vecinos, que allí no vivía ninguna Andrea Lewin, y que dejara de molestar.

Sé que me expreso bien, pero sólo por escrito o cuando no hay nada en juego. No me sirve de nada en los momentos verdaderamente importantes. En mi primera visita, hace diez años, podría haberle dicho algo más al marido de mi hermana. Y en esta ocasión, podría haberle dicho algo más al chico que tenía delante.

Volví hacia la parada del autobús pensando que jamás conocería a mis hermanos. ¿Qué podía tener Andrea Lewin contra mí, si no nos conocemos? ¿Qué habrá pasado entre ella y mi padre para que, en dos ocasiones, me niegue la entrada?

Quizás a mi hermana le parezca absurdo tomarse un café conmigo. En Buenos Aires la gente no está para lirismos. Están demasiado preocupados porque tienen que sobrevivir en una ciudad de locos, y están inquietos porque cualquier historia puede servir para entrar a robar a una casa. Creo que soy muy afortunado, porque yo sí estoy para lirismos.

¿Están todos locos, aquí en Buenos Aires? No buscaré más. ¿Para qué? Si ya tengo otros hermanos, mis hermanos maternos, que sí me abren la puerta. Si en realidad un hermano es una persona que te quiere, y creo que de esos, también tengo muchos.

Nunca sabré si el chico que bajó a la calle estaba tan nervioso porque yo le estaba contando una historia demasiado novelesca para ser cierta, o si el chico que estaba nervioso era mi sobrino, y su madre Andrea Lewin.

En ese día de julio de 2008, en alguna cafetería de Buenos Aires, hubo dos cafés que estaban destinados a nosotros. Pero se los tomaron otras personas.

Tomé el colectivo de vuelta escuchando canciones. ¡Menos mal que existen las canciones, que dan consuelo y un marco de belleza a las cosas feas! Resignado y un poquito triste, escuché una y otra vez la canción más perfecta posible en ese momento: Going to a town, de Rufus Wainwright. Y canté junto a Rufus: “Estoy tan cansado de ti, América”.

¿Acaso Rufus no es hermano mío? ¿Y vosotros que leéis esto con interés, no sois hermanos míos?




EMAILS DESCOMUNALES

Durante quince días, seguí acumulando billetes inservibles en los bolsillos, y el papel manuscrito que me dio el general criollo volvió a dormirse en una carpeta.

En Buenos Aires, es habitual que junto al café se sirva un vaso de soda, incluso un zumo de naranja y un par de galletitas. Cada mañana visitaba una cafetería, tomaba mis facturas y pedía mi café con poco café, que allí se llama lágrima. Después, me pasaba un rato largo conectado a Internet.

Una mañana de agosto de 2008, me desperté sin imaginarme el email que me esperaba. Hay días que me siento filmado por los mejores directores del planeta. Esa mañana, se despertaron temprano, prepararon todo, y filmaron.

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Remitente: Brian.
Asunto: Hola Andrés Lewin


Hola Andrés, mi nombre es Brian. Soy hijo de Andrea Lewin.

Antes que nada quiero pedirte disculpas. Estuve investigando en el blog de tu página web, y como vos mismo decís ahí, acá en Argentina somos “justificadamente desconfiados”, y te puedo decir que el día que viniste, nos tomaste por sorpresa.

Voy a ser completamente sincero. Mi mamá no tiene un buen recuerdo de su papá, y no quiere encontrarse con esa etapa tan triste de su vida. Le hace muy mal.

Si quieres conocernos a mí y a mi hermano, solamente a nosotros, sería un verdadero placer.

Mil disculpas, y espero que puedas entender a mi mamá.

Brian

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Remitente: Andrés Lewin
Asunto: Re: Hola Andrés Lewin


¡Hola! Estoy realmente sorprendido. Es decir... ¿me está escribiendo un sobrino? ¿Eres tú el que bajaste a la puerta?

El hecho de que yo quiera conocer a tu madre, no tiene nada que ver con nuestro padre común. No tengo ningún mensaje de nuestro padre para ella, ni tengo intención de contarle nada de él, porque por otra parte, sé muy poco. Hace diez años intenté conocer a tu madre y no pude, y hace dos semanas lo intenté de nuevo y no pude. Sólo quiero tomarme un café con ella y hacernos una foto. Hablaremos de cualquier cosa menos de nuestro padre. Pero si ella no quiere, por el motivo que sea, lo entiendo.

Yo he venido a encontrar a mis familiares perdidos. Por eso, me encantaría conoceros a vosotros dos, aunque no venga mi hermana.

Me voy de Argentina el 14 de agosto, y después, será difícil que vuelva a corto plazo.

Gracias por tu mail, me ha puesto muy contento.

Espero tu respuesta.

PD: ¿cómo me has localizado?


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Remitente: Brian
Asunto: Re: Re: Hola Andrés Lewin



Hola Andrés, ¿como estas?

Si, soy yo el que bajó a la puerta. De nuevo te pido disculpas.

Si te vas el 14 de agosto, me parecería conveniente encontrarnos cuanto antes.

En cuanto a cómo te encontré, yo escuché hace algunos años una canción tuya, no recuerdo cual. En ese momento no te relacioné con mi mamá, pero ayer por la mañana me acordé de aquella canción y de que el cantante se llamaba Andrés Lewin. Entré en tu web y reconocí a la persona que vino a tocar el timbre.

Mi hermano y yo hemos escuchado tus canciones, y nos encantan tus letras.

Espero tu respuesta.
Nos vemos,
Brian

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EL IMPERIO

Mi madre echó a mi padre de casa cuando yo tenía dos años. Durante ocho años más, yo seguí viendo a mi padre los fines de semana. Después, desaparecí de Buenos Aires.

En la esquina de la calle Canning con la Calle Corrientes había una cafetería llamada El Imperio. Era allí donde mi padre y yo nos encontrábamos. Él se pedía un licuado de banana y un sándwich mixto, y me pedía un licuado de banana y un sándwich mixto.

Cuando yo era niño, hubo una inundación terrible en Buenos Aires. Recuerdo que el agua me llegaba por la cintura y caminar se me hacía complicado. Ese día conocí el mar.

Pero el día de la inundación, el Imperio se incendió.

Cuando un día de julio de 1998 visité El Imperio, sus espejos todavía recordaban las llamas. Cuando un día de agosto de 2008 visité El Imperio, sus espejos habían olvidado las llamas.

Y fue allí, en El Imperio, donde quise encontrarme con mis sobrinos. Nuestra cita era a las cinco.

Eran las cinco menos cuarto en la puerta del Imperio. Me fumé varios cigarrillos, uno detrás de otro, y eran las cinco menos cinco. La boca del subte Malabia suspiraba, y de una nube colgaba la palabra “Añoranza”. Eran las cinco en punto.

El chico que unos días antes defendía a su familia, apareció con una sonrisa enorme y un hermano más joven a su derecha. Y el hermano, ese sí que se parecía a mí.

- Estoy con mi papá, que está esperando en el coche. ¿Querés subirte y vamos a un lugar más tranquilo? Acá hay mucho ruido.

- Preferiría que nos quedásemos aquí. La última vez que te vi estabas muy nervioso y parecías un poco violento. Yo no sé qué pasó entre mi padre y tu madre, ni sé qué pensáis sobre mis intenciones. Prefiero un lugar concurrido.

Mis sobrinos se sentaron en una mesa del Imperio. En esa mesa, hacía ya demasiados años, se había sentado su abuelo, al que no conocían.

Pocos minutos después apareció un hombre por la puerta. Le reconocí. Era la persona que hacía diez años me había pedido la identificación y me había negado la entrada.

Ya estábamos todos en la mesa. Todos menos Andrea Lewin.

Yo pedí un licuado de banana y un sándwich mixto. Ellos también.

Empecé explicándoles que el motivo de reunirles era mi vínculo romántico con el pasado. O la curiosidad. O el sentido literario. O no sé.

También les conté que tenía información contradictoria sobre mi padre, y que necesitaba una versión más para poder decidir, como un juez ante las pruebas.

Me puse a contar una historia un poco triste, de recuerdos difusos y quizás distorsionados. Mientras yo hablaba, los camareros del Imperio servían cafés y cafés y cafés.

En ese día de 2008, en la vieja cafetería del Imperio, se sirvió un café que estaba destinado para Andrea Lewin, pero se lo tomó otra persona.

Mientras yo hablaba, mis oyentes abrían la boca por orden de edad. El mayor, de unos 40 años, el marido de Andrea Lewin, el que me pidió la cédula de identidad en mi anterior visita, tenía la boca abierta, pero de un modo bastante disimulado. Brian, de 23 años, el que bajó a la puerta cuando toqué al timbre en esta ocasión, tenía la boca abierta. Y por último Alan, de 18 años, tenía la boca muy abierta. Él ni siquiera sabía que tenía un abuelo llamado Jacobo Lewin.

Cuando terminé mi historia, el marido de Andrea sentenció:

- Tu historia es muy similar a la de mi mujer.

Y no se habló mucho más sobre ese tema. Apenas algún relato poco conocido. Alguna historia un poco triste. Yo creí su versión, la creí totalmente, no tenía por qué no hacerlo, pero la palabra “Nunca” se desprendió de un edificio cercano, y se quedó a las puertas del Imperio.

Cuando di el último sorbo a mi licuado de banana, la palabra “Nunca” entró por la puerta del Imperio, me saludó, y yo la acogí.

Nunca conoceré a mi padre. Nunca sabré la verdad. Nunca voy a juntar las pruebas suficientes. Es como intentar conocer a Ben a la altura de la mitad de la cuarta temporada de Lost. ¿Es bueno o es malo? No sé. Es Ben.

Pero ya no importa, pasó hace mucho. Déjalo estar.

Después supe que mi hermano Claudio Lewin decidió viajar, y que realmente está muy lejos. Algún día le conoceré. Yo, mis antecesores, y mis hermanos, estamos vinculados a España, Polonia, Turquía, Argentina, Estados Unidos, e Israel. ¿Viajamos porque somos judíos? ¿O viajamos porque somos pobres?

También supe que fue Brian el que convenció a su padre para encontrarse conmigo. Pensó, al leer las letras de mis canciones, que yo era una buena persona. Saber eso me llenó de alegría, aunque no sea cierto, porque soy un ser humano, y salvo pocas excepciones, los seres humanos no somos buenos ni malos.

Y supe, que cuando llamé al timbre quince días atrás, la que contestó no era Andrea, sino Alan. Y que después de mi visita sorpresa, tuvieron que explicarle que su abuelo biológico no era el que él conocía.

Aquella cita estuvo muy bien. Antes de ponerme a escribir esta historia he vuelto a ver las fotos que nos hizo un camarero. Salimos muy sonrientes.

Si alguno de vosotros pasa por El Imperio, en la esquina de la calle Canning con la calle Corrientes, que pare y se pida en mi honor un licuado de banana y un sándwich mixto. El que quiera llegar, tiene que saber que hoy la calle Canning se llama Scalabrini Ortiz, y que al lado del Imperio ya no hay una tienda de discos sino un McDonalds. Y que en El Imperio nada puede ser prosaico, porque allí late el corazón de Buenos Aires y la historia muda de todas las infancias.

Y si alguno de vosotros hace una parada en el viejo Imperio, y ese día alguno de vosotros se acuerda de mí y se toma un licuado de banana y un sándwich mixto, por favor que me lo cuente.



14 DE AGOSTO DE 2008

El 14 de agosto estaba previsto mi viaje de vuelta. Era invierno en Buenos Aires y era verano en Madrid. Ese día, si mi madre viviera, habría cumplido 74 años.

Me desperté temprano y desayuné con dos facturas de ricota y dulce de leche. Cogí el papel del general criollo, lo desdoblé y lo guardé en la carpeta de siempre. Me conecté al Messenger, y me encontré a uno de mis sobrinos usando de nombre una frase de mis canciones. El otro sobrino tenía puesta nuestra foto. Hay gente que piensa que Internet nos aleja del trato humano. Ante la evidencia constante, yo pienso lo contrario.

Me despedí de ellos dándoles de nuevo las gracias por la cita. Alan se despidió de mí diciendo:

- Mi mamá te manda un abrazo fuerte.

Unas horas después, mi avión hacia Madrid despegó.

4 comentarios:

J.C. dijo...

demás estaría decir lo agradable que se torna tu redacción en momentos de búsqueda de algun sentido a las cosas.
Curiosidad insaciable que buscaste la manera de aclarar y saliste airoso...
No creo que pase por un licuado de banana y un sandwish mixto a "el imperio", me sale algo caro desde chile... jajaja
pero como te dije aquella vez cuando recibi éste mail, Dentro de ti existe un niño que necesita cerrar capitulos para avanzar
y hay gran poetica en lo que haces.

Admiro la valentía y la fortaleza de espíritu que mostraste
ya que se requiere decisión ante todo para lograr lo que tú,
de plantarte para mirar los ojos de alguien sin buscar una respuesta... solo una mirada

Un abrazo
y como siempre.. estamos en contacto.
=)

Felicitaciones por el animales y aeropuertos! =)

J.C. dijo...

dios mio! el chico es identico a TI!

Mar (La vieja sirena) dijo...

Qué buena la historia, triste por una parte y bonita y alegre por otra. Me ha encantado

Nos vemos el viernes
Un beso

Rateta miracels dijo...

No podéis negar que sois familia. La sensación que me ha dejado ha sido agridulce, pero sabes? yo también tengo familia que no conozco viviendo en Argentina. Llevo tiempo queriendo ir al país y te digo que si algún día reúno el dinero para ir, me tomaré en tu honor un licuado de banana y un mixto. Por ti y por todos nosotros.

Un abrazo enorme, Andrés